INTRODUCCIÓN
Si las drogas de paz y las de energía se caracterizan por una
toxicidad respectivamente alta, que -salvo casos excepcionales- se corresponde
con factores de tolerancia relativamente altos también, las drogas visionarias
presentan rasgos por lo general muy dispares.
En su mayoría, tienen márgenes de seguridad tan actos que la
literatura científica no conoce siquiera dosis letal para humanos, y en su
mayoría carecen de tolerancia -o la tienen tan rápida que dos o ¡res
administraciones sucesivas bastan para producir insensibilización total; en
otras palabras, algunas pueden consumirse la vida entera sin aumentar
cantidades, y otras no producirán el más mínimo efecto psíquico sin interponer
pausas de varios días en el consumo, incluso con dosis descomunales. Tampoco pueden producir cosa parecida a una
dependencia física, acompañada por síndromes abstinenciales. Partiendo de las
drogas examinadas hasta ahora, todo esto parece el mundo cabeza abajo.
Sin embargo, que la toxicidad y el factor de tolerancia sean cosas
despreciables, o casi despreciables, no significa inocuidad en el caso de las
drogas visionarias. Lo esencial en el
concepto de fármaco -que se trata de sustancias venenosas y terapéuticas, no lo
uno o lo otro sigue cumpliéndose aquí con rigurosa puntualidad, sólo que en un
orden distinto de cosas. El peligro no
es que el cuerpo deje de funcionar, por catalepsia o por sobreexcitación, sino
que se hunda el entramado de suposiciones y juicios acerca de uno mismo, y que
al cesar la rutina anímica irrumpa de modo irresistible el temor a la demencia.
El caso se parece al de Aladino y su lámpara, que bastaba frotar
para bator presento un genio todopoderoso.
Ese djinn podía conceder deseos, remediar carencias y defender de
enemigos; pero no toleraba ser invocado vanamente, por móviles emparentados con
el aburrimiento, la hipocresía o la trivialidad. En sus formas vegetales, los fármacos
visionaríos más activos han sido venerados como canales de comunicación con lo eterno y sacro por aquellos pueblos
que los emplearon o emplean , evitando así que móviles banales o irreflexivos
produjeran la ira del djinn y el consiguiente horror de Aladino. Una de sus lecciones es que alterar la rutina
psíquica implica profundizar en la cordura, no en la demencia, pero que tanto
el demente crónico como el frívolo podrían verso enfrentados a experiencias
dantescas, el uno por insuficiencia de su espíritu y ti otro por una
orientación errónea. Empleando los términos de C. Castaneda, sólo defiende con
efícacia esa pureza en el intento representada por caminos con corazón.
La explicación neuronal para el símil de Aladino ha sido intentada
desde varias perspectivas, por ejemplo afirmando que estas drogas reducen el
tiempo empleado para transmitir señales nerviosas, con oí consiguiente
incremento geométrico de información. En
contraste con lo pacifícadores sintéticos, se sabe que bastantes drogas
visionarias aumentan la oxigenación cerebral, y quien haya experimentado su
efecto sospecha que activan tanto lo primitivo así como las funciones más
desarrolladas evolutivamente. Sin duda,
interrumpen la rutina psíquica en grados impensables para drogas de paz y de
energía abstracta, abriendo dimensiones anímicas que oscilan de lo beatífico a
lo pavoroso, con una tendencia -perfectamente ajena también a drogas de paz y
de energía -que se orienta a borrar ¡a importancia o relevancia de un yo en
todo el asunto.
Por eso mismo, se
vinculan a la experiencia de éxtasis en sentido planetario -tal como aparece en
culturas de los cinco continentes-, que incluye dos momentos básicos: una etapa
de viaje por regiones inexploradas, aligerado el sujeto de gravedad pero
incapaz de detenerse en nada, y una etapa esencial que cuando toca fondo
implica ,Morir en vida para resucitar libre del temor a la vida y, en esa
medida, de aprensión ante la finitud propia.
El se<gundo momento puede explicarse también como súbito miedo a
volverse loco o estallar de significado, que se de ¡iza al pánico de no poder
hacer el camino de retorno hacia uno mismo, y concluye (en casos favorables)
con una reconciliación de lo finito y ¡o infinito, donde el instante y la
eternidad se funden, emancipados de deudas para con el ayer y el mañana. Es el éxtasis propiamente dicho o «pequeña
muerte», que el ánimo experimenta como momento de vigorosa resurrección; no
sólo ha sobrevivido como cuerpo y como conciencia, sino que esa inversión en
dimensiones superiores e inferiores le ha templado en medida bastante como para
volver a elegir existencia.
Las drogas visionarias más potentes exhiben grandes semejanzas
estructurales con todos los neurotransmisores monoamínicos (dopamina,
norepinefrina, serotonina, acetiicolina, histamina), y dentro de una analogía
básica se distribuyen en dos grandes grupos.
Uno posee un anillo bencénico y corresponde en general a ¡as
fenetilaminas (mescalina es el prototipo), mientras otro posee un anillo
indólico (LSD, psilocibina, etc.), si bien ambos grupos muestran grandes
afinidades en sus efectos subjetivos.
Los compuestos indólicos se encuentran en plantas de cuatro continentes
-ergot o cornezuelo, iboga, amanita muscaria, varios tipos de hongos-, y dan
origen a compuestos semisintéticos y sintéticos. Los de anillo bencénico se encuentran también
en plantas como el peyote o el sampedro, y sus derivados sintéticos pueden
acercarse al millar.
VISIONARIOS Y ALUCINÓGENOS
Suelen conocerse como
«alucinógenos» los fármacos de excursión psíquica, borrando así diferencias
decisivas en el efecto. Visión arranca
de conceptos como el griego theoreia, que significa contemplación y
mirada a distancia. Alucinación, que se
define en los manuales como «percepción sin objeto», tiene su raíz en
experiencias de perturbados sin drogas (vulgarmente conocidos como locos,
permanentes o transitorios), y perturbados con drogas de paz o energía (altas
dosis de alcohol, barbitúricos o estimulantes).
Visión y alucinación se distinguen por el <grado de credulidad
inducido en cada caso. Usando ayahuasca
o yagé, por ejemplo, alguien puede contemplar con los ojos cerrados criaturas
primordiales -digamos una especie de lagartos descomunales o dragones-, dentro
de una trama narrativa donde esos seres telúricos le cuentan que crearon la
vegetación terrestre para ocultarse de ciertos perseguidores, y acto seguido ver
cataratas parecidas a las del Niágara brotando de las fauces de un cocodrilo
inauditamente vasto. Sin embargo, las
formas dependen de yacer tumbado en la oscuridad, libre de ruidos o voces
inmediatas, y el sujeto se sabe inmerso en una visión determinada, por mucha
angustia o asombro que el cuadro le produzca. El que padece un delirium
tremens alcohólico o de tranquilizantes, en cambio, no sólo verá cocodrilos
en su chimenea o arañas corriendo bajo su piel, sino que tratará de tomar las
medidas acordes a una realidad inmediata de tales percepciones, lanzando
objetos contundentes contra el adversario de la chimenea o rascándose hasta
lacerar ía piel.
En un caso la conciencia crece, admitiendo lo inaudito, y en el
otro se ve reducida, hasta el extremo de actuar sobre la base de una credulidad
ciega. Un imbécil, un trastornado o un
frívolo puede comportarse con yagé como
un cocainómano, un barbiturómano o un alcohólico con sus respectivas drogas
-dando crédito al estado de conciencia alterada como si se tratara de un estado
de conciencia habitual-, pero incluso entonces habrá en su mente un doble
nivel, que por una parte recibe las visiones y por otra crea respuestas
adaptadas a su particular disposición anímica.
Está negándose a la «Pequeña muerte», aunque la experimenta, y el
resultado de esa colisión puede ser agresividad dirigida sobre otro o sobre sí
mismo.
Simplementete, no dispone de recursos para hacer frente a la
experiencia donde resulta encontrarse, y reacciona con disociaciones.
Todo esto viene a cuento porque hay drogas alucinógenas o
disosiativas, que Introducen a la credulidad ciega como estado racional o
cotidiano de conciencia, y que por eso mismo merecen el nombre de
«alucinógenos». Lo que distingue
nuclearmente fármacos visionarios de fármacos alucinógenos es la memoria. Tan pronto como alguien olvida hallarse bajo
la influencia de una droga, estando sometido a ella, se siguen consecuencias
catastróficas o benéficas, pero en todo caso imprevisibles y probablemente
adversas, pues la vida Personal es un equilibrio inestable, que admite pocos
errores impunes.
Salvo en dosis masivas, donde también funcionan como disociativos
o alucinógenos drogas de paz y drogas de energía en abstracto, los alucinógenos
clásicos son tropanos contenidos en solanáceas psicoactivas. La lechuga silvestre, la belladona, la
mandrágora, el beleño, las daturas y las brugmansias pertenecen a este grupo,
cuyos principios activos básicos son atropina y escopolamina. Crecen silvestres en todo el planeta, y
mientras Europa estuvo sometida al imperio inquisitorial fueron elementos
básicos de untos y potajes brujeriles.
Sabemos que estas drogas son usadas en otros continentes, y
testimonios como el de Teofrasto -principal discípulo de Aristóteles indican
que extractos suyos fueron habituales antiguamente, mezclados o no con
vino. Pero en Asia, África, Australia y
América son drogas usadas por el chamán o brujo para adquirir poderes, y no
compartidas con la generalidad de la tribu como las drogas de tipo visionario. Dominarlas es un desafío que él y sus
sucesores asumen a título personal, por ejemplo para poder desplazarse
mágicamente de un lugar a otro. Es
posible que -en los umbrales de la Edad Moderna- una de las desgracias europeas
haya sido verse llevada a un uso popular de fármacos tan ásperos, tras el
hundimiento de tradiciones farmacológicas paganas y antiguas vías de
suministro.
Sea comofuere, las solanáceas psicoactivas son fármacos
alucinógenos. Un té de datura metel
sumió a tres personas en un estado calamitoso.
Desdoblada, la primera estableció una larga comunicación telefónica con
Japón (inalámbrica y sin apoyo de ondas herzianas desde luego), produciendo el
discurso de ambos lados mientras recorría las orillas de una playa. Abrumada por la sensación de haberse
convertido en plomo macizo, la segunda persona (concretamente yo) se desplomó
en un estado de sopor amnésico, según parece acompañado por ocasionales
convulsiones. La tercera enveredó campo
a través, descalza, hasta que varios kilómetros más tarde un alma caritativa le
otorgó acomodo, cuando la maleza ya había causado múltiples heridas. Ninguno de los tres recordamos cosa distinta
de beber el cocimiento, y recojo los datos de observadores no intoxicados. A veces he dicho a otros que volé -siendo de
plomo-, aunque sinceramente creo que se trata de una elaboración ulterior,
influida por las ilustraciones de brujas cabalgando sobre palos de escoba. Tengo algunos amigos que han ensayado
experiencias semejantes, de los cuales uno requirió cuídados médicos
intensivos.
En aras de la claridad, es preciso distinguir de modo tajante
entre drogas que suprime la memoria y drogas que la retienen. Carece de valor
alguno, a mi juicio, una experiencia que no pueda ser analizada y vuelta a
analizar por el entendimiento. Además,
la cesura entre fármacos visionarios y fármacos alucinógenos se apoya en la
farmacología -misma; tanto las plantas solanáceas como sus alcaloides poseen
una toxicidad muy alta, capaz de matar como el cianuro, mientras no se conoce nada
semejante en el otro campo. Condorcet,
por ejemplo, puso fin a su vida con un extracto de datura estramonio; en el
tiempo que su ama de llaves empleó para cruzar desde el dormitorio al patio y
volver -uno o dos minutos a lo sumo-, pasó él de la plena conciencia a la
muerte, y de un modo tan elegante que la mujer ni siquiera notó modificación en
la postura inicial de su cuerpo sobre la cama.
Nadie, nunca, ha canse ,guido matarse con un extracto ve<getai que contuviera
los alcaloides llamados aquí visionarios, ni deprisa ni despacio.
Como antes indiqué, su peligro no es envenenar el cuerpo, sino más
bien desorientar -o desperdiciar- el alma.
Por eso mismo, me atrevería a decir que de alguna manera imprimen
carácter o, si se prefiero, que una sola experiencia es capaz de persistir
indefinidamente como troquel de la vida psíquica, aunque pueda permanecer
almacenada en pliegues poco accesibles para la vigilia cotidiana.
Durante los años cincuenta y sesenta fueron objeto de intensa
investigación por parte de distintos servicios secretos, que buscaban allí
«drogas de la verdad», útiles para extraer secretos y sondear más allá de su
consentimiento a sujetos reacios. Por
esos años comprendían Benjamin, Bloch, Huxiey, jünger, Bateson, Michaux, Paz,
Koestier, Wlatts y otros que, en efecto, eran drogas íntimamente ligadas a lo
contrario de la mentira, con una promesa de desvelamiento volcada hacia dentro
y hacia fuera. Su rasgo más básico y
común parece ser ése: impedir que conciencia y autoconciencia ocupen distritos
estancos. Hecho ya a esa incomunicación en distintos grados, vería disuelta de
repente bien puede resultar angustioso, e incluso aterrador. Pero lo que queda finalmente en entredicho es
una u otra forma de hipocresía, empezando por la autoimportancia.
Con esto acaba de deslindarse la diferencia entre estas drogas y
las de paz o energía en abstracto; el apaciguador borra por algún tiempo lo
doloroso, tal como el estimulante borra por algún tiempo el desánimo. Las drogas visionarias borran por algún
tiempo ía falta de contacto con nuestras realidades a la vez. más íntimas y más
objetivas.
1. SUSTANCIAS DE
POTENCIA LEVE O MEDIA
Las distinciones basadas sobre actividad farmacológica tienen
algo de arbitrario para las drogas que ahora nos ocupan, pues el efecto depende
muchas veces de factores ajenos a compuestos específicos y hasta dosis. Añadido a la personalidad individual, lo
llamado set («ambiente») y setting «preparación») tiene un gran peso a la hora
de inclinar la experiencia hacia maravillas u horrores, e incluso a la hora de
establecer su duración.
Sin embargo, ciertas sustancias tienden a ejercer un influjo no
sólo más breve sino menos profundo, al menos en comparación con otras. Es un hecho indiscutible para algunas drogas
de diseño, que sólo han alcanzado notoriedad recientemente, y puede sostenerse
-con reservas- del cáñamo. En todo caso,
la distinción entre visionarios muy activos y visionarios no tan activos,
relativa en sí, tiene el valor de posibilitar cierto orden expositivo.
LA PSIQUEDELIA SINTÉTICA
En 1912 los laboratorios Merck de Darmstadt aislaron de modo
accidental -bastante antes de descubrirse las anfetarninas- la MDMA o
metilenedioximetanfetamina (vulgarmente conocida hoy como «éxtasis»). No siguieron estudios farmacológicos, y
hasta 1953 el descubrimiento permaneció en el registro de patentes, momento en
que el ejército norteamericano decidió probar MDMA y su antecedente, la MDA
(metilenedioxianfetamina, llamada también «píldora del amor»), en distintos
animales. La primera comunicación
científica sobre efectos en seres humanos es de 1976 y se debe al químico y
farmacólogo A. Shulgin, investigador infatigable, que representa para este
tipo de compuestos lo que A. Hofmann representó décadas antes para LSD y afines. Desde mediados de los sesenta circulaban en
el mercado negro americano drogas del misrno tronco -la STP o DOM
(dimetoximetilanfetamina), la DOET (dimetoxictilanfetamina), la DOB
(dimetoxibromoanfetarnina), o la TMA (trimetoxianfetamina)-, que con el transcurso
del tiempo han ido multiplicándose, y hoy ofrecen variantes excéntricas como la
MDE o «Eva» (metilenedioxifenilisopropilamina) la MBDB (metilbenzobutanamina).
La inflación de sustitutos para psiquedélicos
naturales y semisintéticos parece deberse a los mismos resortes que en el
mercado blanco y el negro han multiplicado sucedáneos tanto para opiáceos como
para estimulantes naturales y semisintéticos, desde la buprenorfina al
crack. Una montaña de datos farmacológicos
no agotaría los rasgos diferenciales de estos compuestos, y me limito por ello
a examinar uno concretamente.
MDMA o éxtasis
Cuando varios psiquiatras y psicólogos norteamericanos llevaban
casi una década usando esta sustancia, en 1985, la policía anti-narcóticos
americana (DEA) decretó que carecía de «uso médico». Siguió una polémica en la prensa -tanto
especializada como no especializada-, pues por Entonces no se conocía un solo
usuario que hubiese requerido atención por sobredosis, ni otras señales de
abuso o delincuencia. Había, eso sí, un
grupo de estirpe psiquedélica -llamado New Age- apoyaba la difusión de la
sustancia, y en los campus universitarios empezaban a Proliferar camisetas con
el slogan dont get married for six
weeks after XTC («no te cases antes de se semanas después de tomar
éxtasis»).
Incapaces de modificar la
decisión de la DEA, esos psiquiatras y psicólogos -apoyados por un grupo más
amplio de profesionales-, trataron de lograr que la OMS no ratificara a nivel
internacional la prohibición; lejos de pedir que fuese una droga vendida
libremente en farmacias, solicitaban que fuese, incluida en el mismo régimen
que otros psicofármacos (receta médica, control de la fabricación, etc.). Pero
la OMS resolvió incluir la MDMA en la lista I (fármacos sin virtudes
terapéuticas, sólo admisibles en experimentos con animales), al mismo tiempo
que instaba «a las naciones a facilitar la investigación esta interesante
sustancia». Naturalmente, cualquier instigación
sobre la «interesante» sustancia quedaba abortada e raíz incluyéndola en la
lista I.
Meses más tarde aparecían en el mundo entero grandes partidas de
MDMA, generalmente muy adulteradas e incluso in rastro alguno de la droga
misma, que se ofrecían en discotecas como afrodisíaco genital, con precios
comparables a os de heroína o cocaína.
En 1987 cinco personas mueren por sobredosis atribuida a éxtasis en la
ciudad de Dallas, mientras fármaco sigue siendo muy bien acogido en Estados Unidos
v a. Encuestas hechas al azar y respetando el anonimato n la Universidad de
Stanford (California), indican que el 40% los estudiantes ha experimentado con
MDMA, en márgenes van de dosis pequeñas a dosis altas.
I . Al caer bajo la Prohibición,
quedaron en suspenso varias investigaciones sistemáticas sobre esta droga y
el el sistema nervioso
humano. A la autoridad en funciones no
le interesa dilucidar esos aspectos, y sin su apoyo -por no decir que en condiciones
de persecución -resulta muy difícil llegar a resultados indiscutibles. Sin embargo, se saben ya algunas cosas.
El ancestro vegetal de la MDMA son aceites volátiles contenidos en
la nuez moscada y en las simientes de cálamo,
azafrán, perejil, eneldo y vainilla.
El procedimiento más sencillo para obtener MDA es tratar safrol
(ingrediente del aceite de sasafrás) con amoniaco en forma gaseosa. La MMDA, que es en realidad un derivado de la
MDA, se obtiene aminando miristicina, un alcaloide presente en la nuez moscada. Aunque esa nuez se considera droga
afrodisíaco en India, dudo de que su efecto se parezca remotamente al de MDA,
MMDA o NIDMA, y no es aconsejable ingerir las cantidades necesarias para tener
una experiencia psíquica; cierto conocido molió tres nueces grandes y logró
tragarlas con ayuda de miel y agua, pero tuvo un paro renal que de poco acaba
con su vida.
Por supuesto, los actuales laboratorios clandestinos siguen
caminos sintéticos para obtener estas drogas, y con frecuencia producen
homólogos inexplorados todavía.
Las dosis de MDMA abarcan de 1 a 2,5 miligramos por kilo de
peso. Menos de 50-75 miligramos pueden
no ser psicoactivos, y más de 250 pueden provocar una intoxicación aguda,
aunque no sea frecuente; he llegado a tomar unos 400 miligramos -con varios
amigos que tomaron otro tanto- sin efectos secundarios distintos de leves
irregularidades en la visión. No
obstante, es obvio que el fármaco posee un margen de . seguridad
excepcionalmente pequeño para drogas de tipo psiquedélico. Admitiendo que puede haber alérgicos específicos
(asmáticos, aquejados de insuficiencia renal o cardíaca, epilépticos,
hipertensos, embarazadas y quizá otros, todavía por determinar), pienso que la
dosis letal media no comienza hasta los 600 o 700 miligramos en una sola toma,
y que un organismo sano admite posiblemente varios gramos. Han sobrevivido ratones, ratas y conejos de
indias con dosis equivalentes a 6 gramos para una persona de peso medio, Y nada
indica que sean más resistentes a este tipo de compuestos los humanos.
Cuando contienen efectivamente MDMA, las cápsulas 4 grageas
circulantes en el mercado negro suelen ser de 100 1 150 miligramos. Estas cantidades -que pueden considerarse
óptimas para personas entre 50 y 80 kilos de peso- producirás por vía oral una
experiencia intensa de 2 a 3 horas, que luego declina con relativa
rapidez. No es raro que en la «bajada»
se produzca una suave somnolencia espontánea, seguida por sueño tranquilo. El día siguiente está caracterizado por una
especie de reminiscencia del efecto, mucho más leve pero mucho más prolongada
también, que puede experimentarse corno fatiga sí hay que trabajar o hacer
esfuerzos análogos, aunque en otro caso tiende a sentirse como la adecuada
terminación d( aquello que comenzó el día previo.
No he notado fenómenos de tolerancia con la MDMA. quizá porque no
llegué a consumirlo en altas dosis y bastante seguido. Probé las primeras cápsulas hace unos quince
años, desde entonces me habré administrado más de medio centenar -unas pocas
ocasiones hasta tres o cuatro por semana, y en la mayoría de los casos mucho
más espaciadas. Pero sigo notando la
misma potencia con el mismo producto.
Naturalmente, esto no vale cuando se van encadenando dosis sucesivas, ya
que a partir de la segunda el incremento en efecto psíquico es mínimo, a la vez
que aumentan sensaciones colaterales (apretar las mandíbulas, conatos de
visión doble, coordinación corporal algo menor). En cualquier caso, si se desarrolla una
tolerancia es mucho menos marcada que con anfetamina, tranquilizantes o
somníferos.
Se ha dicho que la MDMA es neurotóxica, pues puede provocar una
degeneración permanente en los terminales serotonínicos de ratas. Fueron estos datos los que sirvieron de apoyo
principal a la DEA americana para situar el fármaco en la lista I. Sin embargo,
lo cierto es que dichos experimentos, y su interpretación, carecen de buena
fe. Administrando diariamente a
roedores cantidades que equivalen a 3.000 y 4.000 miligramos por parte de
humanos, pontifican sobre el efecto en sujetos que, por término medio, no usan
más de doce veces al año 150 o 200 miligramos.
Con la misma lógica científica, juzgaríamos los efectos de distintos
licores por aquello que acontece cuando obligamos a las ratas a beber agua con
proporciones muy altas de alcohol, exponiéndolas en otro caso a morir de sed; este
cruel experimento se ha hecho, y no sólo produjo muy graves degeneraciones en
el tejido cerebral de los roedores, sino conductas como devorar
sistemáticamente a las propias crías.
Salvo error, nadie dedujo de ello que beber ocasionalmente cantidades moderadas
de bebidas alcohólicas induzca degeneración cerebral e infanticidio en madres y
padres humanos.
El caso resulta todavía más llamativo cuando son decisiones de la
propia autoridad legal quienes impiden investigar hasta qué punto puede ser
realmente neurotóxica la MDMA para humanos.
Todo cuanto sabemos con certeza por ahora -gracias a punciones lumbares
hechas en 1987 a cinco usuarios generosos de esta droga, pertenecientes a la
especie humana desde luego- es que el nivel de serotonina y otros neurotransmisores
se mantenía dentro de los márgenes considerados «normales».
También sabemos que de las cinco muertes producidas en Dallas y
atribuidas a la MDMA sólo un cadáver mostraba rastros de esa sustancia en
sangre, pero insuficientes para provocar siquiera una sobredosis leve. De hecho, en diez años de uso clínico y
recreativo no se conoce todavía un solo caso de persona fallecida por ingerir
grandes cantidades, y los episodios de intoxicación Parecen deberse más bien a
alérgicos, como aquella joven que murió de perforación por tomar dos
aspirinas. No obstante, insisto en que
nadie, por ningún concepto, debe administrarse en una sola toma más de 250
miligramos de MDMA.
Orgánicamente hay un aumento en la presión y el pulso, que alcanza
su punto máximo como una hora después. A
las seis horas son iguales -o algo inferiores- a los habituales.
II. Si los demás fármacos
visionarios pueden considerarse potenciadores inespecífícos de experiencia
espiritual, la MDMA tiene como rasgo potenciar la empatía, entendiendo ese
término en sentido etimológico: capacidad para establecer contacto con el pathos
o sentimiento. No produce visiones
propiamente dichas, y deja el mundo como está; pero a cambio de no cruzar las
puertas de la percepción permite trasponer o desempolvar la puerta del corazón.
El motivo de que acontezca semejante cosa es misterioso, como todo
lo que se relaciona con la actividad del cerebro. Si el agua es hidrógeno y oxígeno
amalgamados, y no sólo puestos uno al lado del otro, el efecto de la MDMA
puede entenderse como una amalgama -no una simple mezcla- de moléculas
mescalínicas y metanfetamínicas. Al
producirse esa síntesis cada lado pierde una parte de sí mismo, y contribuye
con otra a la aparición de un tercer término.
Por algún motivo, ese tercer término tiende a evocar disposiciones de
amor y benevolencia. Incluso cuando lo
que se experimenta es melancolía, añoranza o cualquier ánimo emparentado con
tristeza, esos sentimientos afloran en formas tan cálidas y abiertas a inspección
que producen el alivio de una sinceridad torrencial, libre de la suspicacia que
habitualmente oponemos al desnudamiento de deseos y aspiraciones propias. Exultante o nostálgica, según los casos, una
catarsis emocional es previsible.
Por supuesto, algo así derriba sin dificultades los obstáculos
psicológicos y culturales a la comunicación entre individuos. Tomando en cuenta ese rasgo, algunos
consideran que la MDMA y drogas afines son los primeros ejemplares de una cueva
familia psicofarmacológica, cuyo nombre adecuado sería el de «entactógenos» o
generadores de contacto intersubjetivo a niveles profundos. Un manifiesto firmado por varios psicoterapeutas
afirma que esta sustancia.
Tiene el increíble poder de lograr que las personas confíen unas
en otras, desterrar los celos y romper las barreras que separan al amante del
amante, a los progenitores de los hijos, al terapeuta del paciente.
Entre los psiquiatras ligados a su empleo, un profesor de Harvard
mantiene que «ayuda a la gente a ponerse en relación con sentimientos
generalmente no disponibles», y otro de Cambridge que no conoce ninguna
sustancia más útil para «curar el miedo».
Desde luego, se trata del miedo a dejarnos comprender, a que otros
penetren en los resortes de nuestra emotividad, y no del miedo a autoridades
externas o peligros materiales. La MDMA
no es un desinhibidor como los barbitúricos o el alcohol, que promueven
temeridad y desafío, sino más bien algo que disuelve secretos y
desconfianzas. Tiene en común con la
ebriedad alcohólica una efusión cordial, muchas veces exteriorizada con gestos
de afecto, pero se distingue de ella en la cualidad de esas manifestaciones,
que son de tipo esencialmente sereno y no tumultuoso, concentradas en la
intensa emoción que embarga entonces a los sujetos.
Por lo que respecta a conducta sexual, hay en torno a la MDMA una
infundada reputación de afrodisíaco.
Personas que sin usarlo tendrían o tienen buenas afinidades lograrán
probablemente experiencias muy satisfactorias; tan satisfactorias, de hecho,
que la simple voluptuosidad puede deslizarse hacia estados de enamoramiento,
produciendo lo que irónicamente se llama «síndrome de matrimonio instantáneo».
Pero esa profundización del contacto no se debe a que la potencia orgásmica
reciba estímulos específicos o automáticos, sino al nivel de desnudamiento
emocional que induce el fármaco. A mi
juicio, la libido tiende más bien a desgenitalizarse, fluyendo hacia caricias e
incluso a formas de contacto progresivamente telepáticas, compartiendo en silencio
y quietud una fusión sentimental. De ahí
que la tendencia a copular pueda verse potenciada o mantenida en personas que
«se van», y reducida o excluida entre personas que podrían practicar la cópula
en condiciones habituales de ánimo, pero no «se van» realmente.
El sondeo más amplio realizado hasta hoy -sobre una muestra
superior a 300 individuos de ambos sexos- indica que la administración de MDMA
produjo relaciones genitales en el 25% de los casos, un porcentaje sin duda
alto o muy alto comparado con otras drogas, visionarias o no. Sin embargo, claros aumentos en el nivel de
intimidad -prácticamente unánimes- no se correspondieron para nada con
aumentos en el nivel de «rendimiento»; al contrario, el número de orgasmos y
hasta la capacidad copulativa experimentó una reducción notable. Estos resultados coinciden perfectamente con
los datos que tengo de primera mano, pues para el varón es a veces imposible o
muy difícil eyacular, y para ambos sexos resulta fácil distraerse.
He conocido un caso en el que la administración de MDMA provocaba
invariablemente sensaciones de vértigo y vómito, cuando el fármaco empezaba a
hacerse sentir emocionalmente. Sin
embargo, eran síntomas que desaparecían enseguida, y el sujeto -una mujer- es
quizá la persona más afecta a la droga de cuantas conozco; se la administra en
fines de semana alternos, hace varios años, y que yo sepa no ha padecido
efectos adversos hasta ahora.
III. Los usos de esta droga son,
evidentemente, aquellos acordes con sus propiedades. Su potencial terapéutico parece enorme, pues
buena parte de lo etiquetado como «trastornos funcionales» se relaciona con
formas de petrificación y enajenación emocional, cuando no con dificultades
para la comunicación. Frigidez,
impotencia debida a razones psicológicas, incomprensión entre miembros de una
familia, síndromes de aislamiento, rigidez caracterológica, desmotivación
genérica y fenómenos análogos parecen experimentar mejoras espectaculares
cuando son abordados con MDMA por un psiquiatra o psicólogo competente. Al menos, eso pretenden profesionales con
muchos historiales cada uno, y lo que sugiere el tipo de experiencia inducido
por el fármaco. Conozco también un caso
de persona prácticamente alcoholizado que no bebía una gota mientras tuviera a
su alcance MDMA, aunque me parece una droga insuficiente para producir el
cambio que exige abandonar una adicción de ese calibre. No es descartable que fuese útil en terapia
agónica, aunque las autoridades han prohibido incluso ese empleo.
Usos lúdicos o recreativos florecen hoy por todo el mundo,
especialmente en Estados Unidos, Inglaterra, España, Holanda, Alemania y
Francia. Los potencia la relativa
brevedad temporal del efecto, el hecho de que no se conozca aún un caso de mal
«viaje» en sentido psicológico, y el evidente estímulo que para reuniones
informales representa un potenciador del contacto tan intenso como la
MDMA. Dosis razonables en estos casos
parecen ser medias -entre 125 y 160 miligramos-, aunque la mitad quizá sea más
razonable aún, sobre todo si la reunión quiere prolongarse con una toma
ulterior, cuando están desvaneciéndose los efectos de la primera. Conviene
tener presente que desde los 200 miligramos l. MDMA tiende a producir cada vez
menos su efecto característico, y cada vez más el de un estimulante
anfetamínico, con rigidez muscular y nervios de un tipo u otro.
Las administraciones en solitario pueden tener otros horizontes. Uno es realizar bajo su influjo el trabajo
habitual -si tiene perfiles creativos de algún tipo~, para obtener intuiciones
sobre uno mismo al hacerlo, o variantes posibles de actitud, y a esos fines
resultan idóneas dosis activas mínimas (50-75 miligramos). Otro es la exploración de espacios internos,
que puede hacerse en algún paraje -elegido de antemano- o mejor aún en una
habitación a oscuras y sin ruidos, solo; en este caso la dosis preferible es
alta (180-220 miligramos).
Queda hablar sobre la sinergia o acción combinada de MDMA y otros
fármacos. La droga produce sequedad de
boca, y como sus efectos no resultan claramente afectados por el alcohol los
usuarios suelen beber incluso más de lo habitual; esto es desaconsejable,
porque el alcohol sí enturbia la experiencia (aunque no lo parezca entonces),
y porque la suave fatiga del día siguiente se transforma en una seria
resaca. Mucho más sentido tiene algo de
alcohol cuando se han desvanecido los efectos, como modo de contribuir a un
tranquilo reposo.
Parece una insensatez -y no sé de nadie a quien se le haya
ocurrido- mezclar MDMA con opiáceos, somníferos o estimulantes, incluyendo el
café. Dosis considerables de anfetaminas
o cocaína pueden convertir una posible experiencia emocional profunda en
algunas horas de confusos nervios. Por lo
que respecta a marihuana o hachís, apenas se percibe su efecto mientras dura el
de MDMA.
DERIVADOS DEL CÁÑAMO
La experiencia humana con marihuana y hachís se remonta tiempos
inmemoriales. Los más antiguos restos de
fibra de cáñamo, que provienen del cuarto milenio a.C., se han encontrado en
China. La religión védica arcaica veneró
la planta, denominándola «fuente de felicidad y de vida»; las tradiciones
brahmánicas posteriores consideran que su uso agiliza la mente,, otorga salud
y concede valor, así como potencia sexual.
El budismo vio en ella un auxiliar para la meditación trascendental. Herodoto menciona que era usada por escitas y
persas, y el kiphy forma ya parte de las drogas del primer imperio
egipcio. La Europa céltica, antes de la
conquista romana, tenía grandes extensiones dedicadas al cultivo del
cáñamo. En la antigüedad abundó una
administración mediante sahumerios o fumigaciones, arrojando trozos de hachís
sobre brasas o piedras calientes y respirando los humos. También hay diversas menciones a un vino resinato,
compuesto probablemente con resina de cáñamo, cuya receta se ha perdido.
Dependiendo de las culturas, se observa un uso profano o
religioso. En la civilización
grecorromana parece haberse usado como instrumento recreativo en fiestas de
ricos, ya que era un producto importado de Egipto y muy caro. No recibió alabanzas de hipocráticos y
galénicos como remedio, y con el triunfo del cristianismo sufrió el mismo
eclipse que las otras drogas paganas.
Siguió empleándose ocasionalmente en untos y cocimientos
brujeriles, y por los árabes, pero con el renacimiento de la medicina
científica occidental -a partir del siglo XV- queda desplazado de las
farmacopeas. Desde entonces sólo mantiene
fuerte arraigo en África, Asia Menor y Asia, donde continuó siendo una de las
medicinas más versátiles, un vehículo de meditación para chamanes, fakires,
yoguis y derviches, y una droga recreativa para distintos estratos sociales.
A pesar de grupos como el famoso Club des Haschischien,
parisino, y otros conventículos parecidos, en Occidente el consumo fue muy poco
habitual hasta estallar la contestación psiquedélica, a mediados de los años
sesenta. A partir de entonces se
extiende rápida y masivamente entre la juventud americana y europea. Hasta una década más tarde los principales
productores de marihuana son México, Colombia y algunas zonas del Caribe,
especialmente Panamá y Jamaica, con pequeñas aportaciones de Tailandia y
Laos. Desde entonces el primer
productor mundial es Norteamérica, que mediante técnicas avanzadas de cultivo
(en campo abierto y en interiores) ha llegado a desarrollar las mejores
variedades del mundo; fuentes oficiales calculan que en 1988 la cosecha
norteamericana de marihuana valió unos 33.000.000.000 de dólares, con beneficios
muy superiores a los de toda la cosecha cerealera junta, entre otros motivos
porque el fisco sólo pudo capturar un 16% de la misma. Y aunque en algunos estados la legislación
resulta dura aún, en otros muchos la posesión -y hasta el cultivo en extensiones
moderadas- ha dejado de perseguirse, por lo menos a nivel práctico. Los sondeos sugieren que puede haber allí
unos quince millones de usuarios asiduos, y bastantes más de usuarios
ocasionales o muy ocasionales.
Por lo que respecta al hachís, los grandes productores clásicos
son países asiáticos (Afganistán, Pakistán, Nepal, el antiguo Tíbet) y países
pertenecientes al Mediterráneo musulmán (Turquía, Egipto, Líbano y
Marruecos). De ellos sólo Afganistán,
Pakistán y Marruecos siguen produciendo cientos o miles de toneladas
anuales. Como las excelentes variedades
asiáticas rara vez llegan a Europa -se desvían a Australia o Estados Unidos
casi siempre-, Marruecos es hoy el gigante mundial que abastece a toda
Europa. Resulta aventurado calcular
cuántos europeos consumen regularmente hachís, aunque no deben bajar de los
diez Milllones, con al menos otros tantos usuarios ocasionales; esa formidable
demanda supera la capacidad productora marroquí, y -unida a su posición de
monopolio práctico- explica una creciente degradación en la caridad del producto
exportado.
MARIHUANA
El cáñamo es un arbusto anual, que alcanza hasta los tres metros
de altura. Puede crecer silvestre,
aunque necesita agua abundante durante la estación seca y sólo rinde bien con
tierras abonadas o de gran riqueza natural.
En el hemisferio norte se planta hacia finales del invierno, y no
alcanza su madurez hasta principios del otoño.
Los machos, difíciles de distinguir de las hembras antes de producirse
la floración, tienen cantidades mínimas de principio psicoactivo -el tetrahidrocannabinol
o THC-, y suelen arrancarse antes de expulsar el polen para que las hembras
produzcan la variedad más potente y de uso más cómodo, conocida como «sin
semilla». En efecto, los cañamones no
son psicoactivos salvo para pájaros (que los devoran con gran placer, y sin
duda alguna se «colocan», como han probado diversos experimentos muy concienzudos). Las hojas de las hembras, que tienen bajas
proporciones de THC, son lo que en Marruecos se denomina <grifa, y una
mezcla picada de hojas y flores, con algo de tabaco local, es el llamado
kif. Sin embargo, la máxima
concentración de THC se produce en las flores maduras sin germinar, cuando las
cortas ramificaciones de las ramas han perdido todas las hojas y aparecen
enfundadas totalmente por esas inflorescencias pilosas, cosa que rara vez
acontece hasta octubre en nuestras latitudes, pues hacen falta algunas noches
de fresco para consumar el ciclo.
Las plantas suelen arrancarse y secarse colgadas cabeza abajo, en
lugares oscuros y ventilados, durante cuatro o cinco días. A partir de entonces están listas para ser
fumadas; la absorción por esa vía oscila del 50 al 70% del principio
activo. La absorción oral es irregular y
muy inferior; para potenciaría se hornea una mezcla de la planta con otros
ingredientes, haciendo tortas, pasteles o cosa análoga. Las tortas o pasteles tardan mucho más en
hacer efecto, aunque éste sea mucho más prolongado -y algo distinto- también.
I. La
psicoactividad de unas marihuanas y otras exhibe diferencias espectaculares. Cuando llevaba ya dos décadas fumando
prácticamente a diario algo de cáñamo, en 1986 me regalaron una marihuana de
Sinaloa (México) de tal potencia que al cabo de pocos días (en un acto de clara
cobardía) acabé tirando el resto. Habría
debido prepararme para unas pocas chupadas de cigarrillo como para una
experiencia de peyote o LSD. Una y otra
vez eso me parecía absurdo, pero una y otra vez me cogían desprevenido grandes
excursiones psíquicas. La cosa resultaba
todavía más extraña teniendo en cuenta que durante- ese mismo viaje a México
probé marihuanas consideradas -con toda justicia- excelentes, sin rozar
siquiera los umbrales que aquella otra trasponía usando cantidades mínimas. Con todo, no se trata sólo de potencia sino
de tonalidad, pues entre el producto tailandés y el guineano, por ejemplo, hay
vacíos que no se igualan bebiendo blancos del Rin y olorosos de jerez, sake
del japón y pisco del Perú. Esto resulta
incómodo de explicar considerando que el THC es una molécula invariable, y las
plantas se limitan a ofrecer distintas concentraciones de lo mismo.
La toxicidad de la marihuana fumada es despreciable. No se conoce ningún caso de persona que haya
padecido intoxicación letal o siquiera aguda por vía inhalatoria, dato que cobra
especial valor considerando el enorme número de usuarios cotidianos. Lo mismo puede decirse de la vía digestiva,
donde hacer, falta cantidades descomunales (varias onzas) para inducir estados
de sopor profundo, que desaparecen durmiendo simplemente. A mediados del siglo XIX se llegaron a
inyectar hasta 57 gramos de extracto líquido de cáñamo en la yugular de un
perro que pesaba 12 kilos, buscando la dosis mortífera del fármaco; para
sorpresa de los investigadores, el animal se recuperó tras estar inconsciente
día y medio.
No obstante, conozco al menos tres casos de personas que
reaccionaron a la combinación de marihuana y alcohol con lipotimia; al tener la
cabeza a la altura del cuerpo se recobraron de inmediato, pero una de ellas
podría haberse hecho daño al caer. No
infrecuente en borracheras, la lipotimia es una brusca bajada de tensión, más
explicable aún cuando la bebida se mezcla con cáñamo, porque esta droga aumenta
el consumo de oxígeno en el cerebro, y el alcohol es un vasodilatador. Falto de la presión mínima para mantener sus
constantes de vigilia, el desmayo lipotímico constituye una reacción automática,
orientada a cambiar la posición erecta por otra sedante, donde acuda más sangre
a la cabeza.
También conozco casos donde fumar indujo náuseas y vómitos al
iniciarse los efectos psíquicos. Pero
eran siempre hipocondrías o «somatizaciones», donde la anticipación de un
posible descontrol mental producía esfuerzos por desembarazarse del agente
químico, expulsándolo. Desde luego,
vomitar resulta inútil a tal fin, porque el principio psicoactivo ha entrado a
través del pulmón en la corriente sanguínea.
Episodios de este tipo, caracterizados por anticipar una pérdida de
límites, suelen superarse con simples explicaciones y una actitud amable de
quienes acompañan al asustado; si no bastara con ello, cualquier sedante
acabará con el pánico inconcreto.
Efectos secundarios mucho más habituales son sequedad de boca,
buen apetito (especialmente orientado a alimentos dulces, que son oportunos por
aumentar la glucosa disponible, y mantener la oxigenación óptima), dilatación
de los bronquios, leve somnolencia y moderada analgesia.
La duración de esta ebriedad es variable. Comienza a los pocos minutos de fumar, y
alcanza su cenit como a la media hora, desvaneciéndose normalmente entre una y
dos horas después. Sucesivas
administraciones pueden mantenerla mucho más, aunque será cada vez menos clara
y más parecida a un amodorramiento. Tras
varias horas de fumar, lo normal es sentir sueño y dormir profundamente, rara
vez con sueños. A mi juicio, esta falta
de actividad onírica (no constante) proviene de que el cáñamo ha desarrollado
ya antes al menos parte del potencial imaginativo.
II. Los efectos abarcan una gama muy
amplia, e influye de modo capital en ellos el ambiente y la preparación del
individuo. He visto personas llevada a
experiencias beatificas, y otras empavorecidas hasta el extremo de jamás
repetir. Como en casi todo lo demás de
la vida, las primeras administraciones tienen una intensidad rara vez
recobrable, y por eso mismo conviene cuidarlas más.
Cuando la marihuana es de calidad, son previsibles claros cambios
en la esfera perceptiva. Se captan lados
imprevistos en las imágenes percibidas, el oído -y especialmente la sensibilidad
musical- aumentan, las sensaciones corporales son más intensas, el paladar y el
tacto dejan de ser rutinarios. De
puertas adentro, esta suspensión de las coordenadas cotidianas hace aflorar
pensamientos y emociones postergados o poco accesibles. Con variantes potentes y sujetos bien
preparados, cabe incluso que se produzca una experiencia de éxtasis en el
sentido antes expuesto, con una fase inicial del «vuelo» o recorrido fugaz por
diversos paisajes y otra de «pequeña muerte». Naturalmente, este tipo de trance
resulta tan buscado por inclinaciones místicas como abominado por quienes pretenden simplemente pasar el rato, y por
sujetos con una autoconciencia cruel. A
nivel personal, diría que el cáñamo me ha proporcionado un par de experiencias
comparables en intensidad a las mayores obtenidas con drogas visionarias.
Parece haber una polaridad básica, o quizá mejor una alternancia,
en el efecto subjetivo. Por una parte
están las risas estentóreas, la potenciación del lado jovial y cómico de las
cosas, la efusión sentimental inmediata, el gusto por desembarazarse
lúdicamente de inhibiciones culturales y personales. Por otra hay un elemento de aprensión y
oscura zozobra, una tendencia a ir al fondo -rara vez risueño- de la realidad,
que nos ofrece de modo nítido todo cuanto pudimos o debimos hacer y no hemos
hecho, la dimensión de incumplimiento inherente a nuestras vidas.
A mi entender, esta combinación de jovialidad y gravedad
caracteriza a todos los fármacos visionarios o psiquedélicos, y es quizá el
factor determinante de que no sean vehículos conformistas en general, sino
sustancias orientadas hacia «vivencias de inspiración», usando palabras de W.
Benjamin. Como la inspiración no es algo
que pueda ser comprado, o siquiera retenido sin constantes desvelos, tener
presente su existencia conlleva a la vez entusiasmo y depresividad, alegría y
melancolía. Las drogas no visionarias
se emplean precisamente para esquivar uno de los lados, y allí encuentran su
límite.
En cuanto al sexo, la marihuana goza de prestigios no enteramente
infundados. Sin ser un afrodisíaco
genital, potencia y matiza las sensaciones en todas las fases del contacto
erótico. Mirar y tocar pueden
convertirse en experiencias nuevas, como el propio orgasmo. Por otra parte, lo fácil quizá parece
demasiado fácil, y lo difícil insuperable, induciendo desánimo; pero en una
civilización obsesionada por puros rendimientos, como la nuestra actual, este
desánimo presenta virtudes no despreciables, que devuelven formas de
espontaneidad y finura muchas veces dejadas de lado. Desde luego, es incomparablemente más sutil
para el erotismo que desinhibidores como el alcohol, o que puros
estimulantes. Resumiendo sus rasgos a
este nivel, diría que hace a las personas más exigentes de lo común y que, por
eso mismo, verifica una criba a la hora de buscar compañía; como compensación,
proporciona a veces experiencias cualitativamente distintas.
III.
Los usos de la droga se siguen de sus efectos. En Oriente y África es considerada un
medicamento muy versátil, empleado para un número casi inacabable de cosas
(insomnio, disenteria, lepra, caspa, males de ojo, enfermedades venéreas,
jaquecas, tosferina, oftalmia y hasta tuberculosis). También se considera un tónico cerebral,
antihistérico, antidepresivo, potenciador de deseos sexuales sinceros, fuente
de coraje y longevidad.
Más interés que en estas finalidades tiene, a mi
entender, como fármaco recreativo y promotor de introspección. Desde mediados de los altos sesenta, hasta
finales de los setenta, tuvo un predicamento excepcional entre sectores
juveniles y radicales de todo el mundo occidental, que en buena parte ha
cesado. Drogas como la cocaína,
combinada o no con altos consumos de alcohol, tranquilizantes y café, han
logrado el favor de aquellos que hace dos décadas simbolizaban aspiraciones y
preferencias consumiendo ritualmente yerba. Pero con menos misticismo epidérmico, menos
ceremonial y menos moda, consumir cáñamo sigue siendo uno de los ritos de
pasaje para la juventud -como el alcohol y el tabaco-, y va arraigando también
el cultivador que se autoabastece, amparado en variedades botánicas muy
potentes y de pequeño tamaño, difíciles de detectar cuando están sobre el campo
y de gran rendimiento cuando crecen bajo techo.
El consumo ya no depende de querer asumir roles determinados (beatnik,
provo, hippie), y por eso mismo parece maduro para la persistencia.
Como fármaco recreativo, la marihuana tiene pocos iguales. Su mínima toxicidad, el hecho de que basta
interrumpir uno o dos días el consumo para borrar tolerancias, la baratura del
producto en comparación con otras drogas y, fundamentalmente, el cuadro de
efectos subjetivos probables en reuniones de pocas o muchas personas, son
factores de peso a la hora de decidirse por ella. Promociona actitudes lúdicas, a la vez que
formas de ahondar la comunicación, y todo ello dentro de disposiciones
desinhibidoras especiales, donde no se produce ni el derrumbamiento de la
autocrítica (al estilo de la borrachera etílica) ni la sobreexcitación
derivada de estimulantes muy activos, con su inevitable tendencia a la
rigidez. El inconveniente principal son
los «malos rollos» -casi siempre de tipo paranoide- que pueden hacer presa en
algún contertulio. Sin embargo, esos
episodios quedan reducidos al mínimo entre usuarios avezados, y se desvanecen
fácilmente cuando los demás prestan a esa persona el apoyo debido. Comparada con fármacos de duración inicial
pareja, como la MDMA, una buena marihuana es menos densa emocionalmente, y
menos abierta a torrentes de franqueza, aunque más dúctil a nivel de reacciones
y pensamientos, así como incomparablemente menos tóxica.
Desde el punto de vista introspectivo -unido sobre
todo a las administraciones en soledad-, el lado a mi juicio más interesante es
lo que W. Benjamin llamó «un sentimiento sordo de sospecha y congoja», gracias
al cual penetramos de lleno en zonas colmadas por lucidez depresiva. El entusiasmo inmediato, tan sano en sí,
suele contener enormes dosis de insensatez y vanidad, que se dejan escudriñar
bastante a fondo con ayuda de una buena marihuana. Por supuesto, muchas personas huyen de la
depresividad como del mismo demonio y considerarán disparatado buscar
introspección en sustancias psicoactivas.
Pero otros creen que convocar ocasionalmente la lucidez depresiva es
mejor que acabar cayendo de improviso en una depresión propiamente dicha,
cuando empieza a hacer aguas la frágil nave de nuestra capacidad y propia
estima.
En otras palabras, un «mal rollo» ocasional con cáñamo
podría ser tan útil, o más, que las habituales experiencias de amena
jovialidad, mientras se disfrutan las leves alteraciones sensoriales con el
ánimo de quien acude al cine o contempla el televisor. Aunque la marihuana puede aliviar el
aburrimiento de la vida social, y hasta el aburrimiento de la personal, cabe
también usarla como primera introducción o antecámara al trance de la «pequeña
muerte» y sus resurrecciones.
Marihuana de interiores
Esfuerzos coordinados de agrónomos, químicos y biólogos
desembocaron en un sistema para rentabilizar al máximo la producción de cáñamo,
suprimiendo al mismo tiempo los riesgos -tanto climáticos como policiales- del
cultivador a cielo abierto. Apoyándose
en riego gota a gota, dosificación medida de nutrientes, ingeniería genética y
empleo de luz artificial, estos investigadores crearon plantas asombrosas, que
maduran en la mitad de tiempo (o menos), y rinden en flores el doble o triple
de peso.
El equipo idóneo para criarlas cuesta en Estados Unidos y Holanda
unos dos mil dólares para cada metro cuadrado de cultivo, y permite cosechar
unas seis hembras cada dos o tres meses, dependiendo del régimen de luz
elegido. Dicha marihuana se llama
hidropónica, pues en vez de crecer sobre tierra o en macetas brota de un
pequeño pie (hecho de basalto en polvo o «lana de piedra»), periódicamente
humedecido por una mezcla de minerales que es distinta para cada fase (germinación,
crecimiento, maduración) de, la planta.
Tanto el tanque de nutrientes como el interruptor lumínico son programables,
de manera que el cultivador puede ausentarse durante semanas, aunque es más
probable que- visite todos los días esos prodigios de verdor y rápido
desarrollo, asegurándose de que la mezcla tiene el PH adecuado y la lámpara
está a la altura justa -e incluso instale una butaca en ese cuarto para leer o
pensar.
Con equipos más o menos sofisticados, la cosecha de
marihuana hidropónica ha llegado a ser descomunal en Estados Unidos, y muy
considerable en Holanda. Abastece a
millones de consumidores, y no sólo proporciona rentas a quienes cultivan sino
a las grandes compañías -General Electric, Philips, Bayer, etc.- que fabrican
el instrumental y los fertilizantes más adecuados. En dos décadas, Estados Unidos ha pasado de
ser el mayor importador a ser el mayor productor del planeta; ese
autoabastecimiento evita fugas de efectivo, alimentando una gran economía
sumergida.
Poco tiene de extraño, pues los norteamericanos consumen hoy un
producto incomparablemente más activo y sano que el hachís europeo, y a precios
comparables. La técnica hidropónica
vale para el cultivador pequeño, el mediano y el grande (que se instala un
generador para no mostrar niveles sospechosos de consumo eléctrico en su casa,
y con tres habitaciones pequeñas produce cientos de kilos al año, vendidos a
diez dólares el gramo). Cosa parecida
sucede en Holanda, donde la venta libre de marihuana y hachís en cafeterías no
sólo genera pingües ganancias fiscales sino una industria colateral muy ramificada,
que cultiva, vende pipas y semillas a los consumidores, equipo a los
productores e información a los interesados.
Lo mismo sucede -con más tapujos- en Estados Unidos. Sólo sus dueños saben qué beneficios rinden
los seed-banks o bancos de semillas americanos y holandeses, pero en ambos
países una sola semilla -de las mejores variedades, desde luego- se vende en
las tiendas de parafernalia a cinco dólares -y cada planta inseminada produce
miles.
Por lo que respecta a sus virtudes, la mejor marihuana cultivada
en interiores puede alcanzar el 14% de THC, mientras la mejor marihuana
tailandesa, africana o caribeña rara vez supera el 4%. Eso significa que el efecto de tres casadas a
un cigarrillo adquiere perfiles de suave viaje psiquedélico, y dura unas tres
horas. Es indiscernible en muchos
aspectos del efecto de cualquier planta crecida a la intemperie, pero el
habitual aguzamiento de los sentidos se ve acompañado por más capacidad de
relación con otros, cosa quizá explicable atendiendo a su superior
potencia. Genera también un hambre
canina, especialmente volcada hacia el dulce; el motivo de esto último es que
el THC consume glucosa.
HACHÍS
Cuando es lo que fue durante milenios, el hachís constituye una
pasta formada por las secreciones resinosas de THC que se almacenan en las
flores de la marihuana hembra. Hay
básicamente dos sistemas para obtenerlo, de los cuales el primero (usado hoy
en Nepal, el antiguo Tíbet y Afganistán) desperdicia una gran cantidad de
sustancia psicoactiva, a cambio de no introducir nada distinto de la resina
misma, y el segundo (usado hoy en Líbano y Marruecos) aprovecha hasta partes
poco o nada psicoactivas.
El procedimiento oriental implica que el recolectar se
cubra parte del cuerpo con cuero y pase por entre las plantas maduras,
frotándose con ellas. Lo que queda
adherido al cuero se raspa con espátulas; es tan gomoso que basta darle forma
en el hueco de la mano durante unos momentos para que adquiera un color muy
oscuro; cabe agotar algo más la pura resina apretando las ramas una por una, y
rasparse cada cierto tiempo las yemas y la palma de la mano. El hachís obtenido por este procedimiento es
muy aromático, suave para la garganta y de una potencia inigualable.
El procedimiento mediterráneo se basa en sacudir
plantas ya secas, recogiendo la resina y el polvo mediante varios filtros. El primero, que puede estar formado por
alguna rejilla metálica fina, deja pasar fragmentos vegetales considerables y
tiene debajo otro, normalmente de alguna tela no muy densa, que criba
nuevamente la mezcla; si el procedimiento es impecable, bajo ese filtro habrá
otro, de seda, por el que sólo logran pasar las partículas de resina pura. Este último producto, que se ennegrece de
inmediato en las partes expuestas al contacto con el aire, es una pasta gomosa
llamada «00» y constituye un hachís de extraordinaria calidad. Lo que ha quedado retenido en el segundo
filtro se conoce como «primera», y lo que no atraviesa el primero se conoce
como «segunda». Aquello que no se ha
desprendido de las plantas en las sacudidas iniciales puede ser golpeado de
nuevo, y lo que entonces se recoge en el segundo filtro -evidentemente, nada
atraviesa el último- se conoce como «tercera».
En Líbano se practica una técnica algo distinta, y el sistema marroquí
ha dejado hace tiempo de ser el que era; a menudo los cedazos han quedado
reducidos a uno sólo, y el polvo se aplasta para que los cruce, en vez de dejar
que opere la simple fuerza del peso.
Como consecuencia, la proporción de pura resina (rica en
THC) es tan pequeña que no basta para aglutinar la masa, y deben hacerse uno o
varios prensados. Hoy es habitual
aumentar el peso añadiendo otra planta pulverizada (llamada allí henna), y
para hacer imperceptible la cantidad de elementos ajenos a la resina el
material se trata con otros ingredientes -como goma arábiga, clara de huevo,
leche condensada, etc… que le confieren color oscuro y cierta pegajosidad. De hecho, el mejor hachís marroquí disponible
actualmente suele ser la llamada «tercera», conocida también como «polen», que
posee color marrón claro (inalterable al entrar en contacto Con el aire, signo
de proporciones mínimas de THC) y se desmigaja al calentarse.
Aparte del perfume, y no irritar garganta ni
bronquios, un hachís afgano elaborado a la antigua puede ser cuarenta o
cincuenta veces más potente que el marroquí consumido hoy en Europa. Sin embargo, no sé si toda la adulteración se
realiza ya en origen, o por el contrario acontece -siquiera parcialmente-
cuando alcanza los primeros puntos de venta.
I. Teniendo
en cuenta las enormes diferencias de concentración, es inútil hablar de
toxicidad. En principio, el hachís
contiene proporciones mucho más altas de THC que la marihuana, y es por eso
mismo mucho más tóxico. Sin embargo, el
único caso que registra la literatura científica de envenenamiento se produjo
a finales del siglo XIX en Francia, cuando un producto de inmejorable calidad
fue ingerido por cierto médico en cantidades descomunales, superiores a los 30
gramos de una vez. Recordemos que
Baudelaire, Gautier, Hugo, Delacroix y demás miembros del Club des
Haschichiens comían lo que cabe en una cuchara de té, y que no era resina
pura sino mezclada con mantequilla, miel y pequeñas cantidades de opio; en
definitiva, la dosis no podía superar 3 o 4 gramos del llamado «00».
La toxicidad es bastante mayor comiendo el producto que
fumándolo. De hecho, fumando es
prácticamente imposible siquiera una intoxicación aguda (y mucho menos una
intoxicación mortal), ya que las vías respiratorias no admiten más a partir de
cierto punto, con violentos accesos de tos, y se producen a la vez estados de
sopor. Por vía oral sí son posibles
intoxicaciones graves, aunque dependen de la pureza del producto; si es de
calidad impecable, el margen de seguridad resulta relativamente pequeño, pues
medio o un gramo son dosis mínimas y a partir de diez pueden aparecer
complicaciones orgánicas (así como colosales «viajes»); si es de calidad
deleznable, el margen quizá sea mucho mayor, pero los adulterantes rara vez
son inocuos y podrían causar daños imprevisibles. Por vía inhalatoria, en cambio, es sin duda
mucho menos tóxico el hachís puro que el adulterado; no se han hecho
investigaciones sobre los efectos en bronquios y pulmones de alquitranes
derivados de henna, goma arábiga, leche condensada o clara de huevo, aunque
cabe sospechar que serán lamentables.
Una forma sencilla de detectar estos adulterantes es
hacer uso de las boquillas hoy generalizadas para reducir inhalación de
nicotina y alquitranes del tabaco.
Dependiendo de las variedades de tabaco -con o sin filtro, más o menos
altos en nicotina y alquitrán-, estas boquillas se cargan de una pasta negruzca
tras fumar entre seis y quince cigarrillos.
Cuando al tabaco se añade hachís, la saturación de la boquilla resulta
más rápida, pero cuando el hachís (sea cual fuere su calidad básica, del «00» a
la «tercera») contiene goma arábiga y cosas análogas basta una chupada
para atascar completamente el paso de la boquilla; eso sugiere hasta qué punto
la mezcla puede ocluir alveolos respiratorios.
Además, los miserables que realizan manipulaciones semejantes suelen
añadir mínimas cantidades de buen hachís, que perfuman gratamente la mezcla, y
prensan con habilidad el producto para que parezca una variedad selecta. Su negocio podría prosperar algo menos si los
compradores fuesen provistos siempre de boquillas nuevas, para deterrninar al
instante qué tipo de mezcla están adquiriendo.
El fenómeno de tolerancia aparece a los tres o cuatro
días de uso continuo, y desaparece con uno o dos de privación. A, igual que en cualquier otra droga
psicoactiva, la insensibilización no sólo implica falta de ciertos efectos
característicos de la ebriedad, sino una sensación de leve desasosiego,
correspondiente a esperar algo que no llega.
Como no hay nada parecido al síndrome abstinencias de los apaciguadores,
ni al colapso psíquico de los excitantes, falta el alivio de postergar una
catástrofe. Simplemente, aquello apenas
funciona como ebriedad, y lo poco que funciona no concierne a su parte
«divertida» (risas, cambios en vista, oído, tacto, olfato, gusto y sensación
del propio cuerpo), sino a la parte «grave», que potencia una lucidez
desengañada de juegos.
II. Comparado
con la marihuana, el hachís resulta más reflexivo. Lo jovial y lúdico no desaparece, pero ocurre
a un nivel menos epidérmico. Si la
calidad del producto es excelente, puede producir experiencias visionarias
sólo sospechadas usando marihuana, sobre todo cuando es administrado por vía
oral. Incluso a través de pipas, sin
mezcla de tabaco, ofrece con bastante claridad tres momentos sucesivos: el
inicial de risa y extraordinaria agudeza para lo cómico, el intermedio de modificaciones
sensoriales y el final de iluminación, donde cada individuo alcanza el grado de
claridad que por naturaleza -y situación particular- le corresponde.
Aunque su potencia introspectivo supera con mucho a la potencia de
la marihuana, es frecuente que los sujetos atraviesen esas fases sin reparar
en ello. Los derivados del cáñamo tienen
como rasgo común exacerbar la personalidad del individuo en todos sus
aspectos, y hace falta un esfuerzo de atención -por no decir un grado de
desprendimiento personal- para aprovechar la oportunidad de mirarse desde
fuera. Buscar el autoconocimiento es
menos común que aprovechar pretextos para la desinhibición, y por eso algunos
usuarios de hachís y marihuana son arrastrados a escenificar disposiciones
reprimidas. Baudelaire cuenta la
anécdota de aquel magistrado inflexible que «comenzó a bailar un indecente can-can
cuando el hachís se apoderó de él», y he visto no pocos casos parejos, ligados
siempre a formas hipócritas de virtud que, al derrumbarse, propician ridículos
como los del mal vino.
Sin embargo, está fuera de duda que los derivados del cáñamo
aumentan -en vez de reducir- la actividad cerebral, y está fuera de duda que
reducen la agresividad. El gato no ataca
al ratón si está sometido al influjo de hachís, y cuando un ser humano -como ha
acontecido- pretende que se le aplique una eximente penal por asesinar a otro
bajo la influencia de esta droga está proponiendo a sus jueces una
incongruencia. Como aclaró Baudelaire,
«hay temperamentos cuya ruin personalidad estalla», pero no porque haya actuado
sobre ellos algo que asfixia su discernimiento, sino porque al ser potenciado
«emerge el monstruo interior y auténtico».
Naturalmente, los efectos del hachís excelente y el hachís
degradado a aspecto de tal son muy distintos.
Las variantes adulteradas no harán que jueces puritanos se lancen al strip
tease, aunque puedan propiciar bronquitis mucho antes. Aparte de la concentración en THC y sus
isómeros activos, quizá la distinción básica deba establecerse entre uso
ocasional y uso crónico. El ocasional
asegura sorpresas en la experiencia, pues la falta de familiaridad levanta
diques de contención montados por el hábito.
El uso crónico no asegura tampoco experiencias controladas, ya que eso
depende de topar o no con variables potentes; pero a cambio de la familiaridad
tiende a quedarse con la parte sombría o depresivamente lúcida del efecto.
Un tratado médico chino del siglo I, que pretende remontarse al
legendario Shen Nung (3.000 a.C.) asevera: «Tomado en exceso tiende a
mostrar monstruos, y si se usa durante mucho tiempo puede comunicar con los
espíritus y aligerar el cuerpo.» Desde luego, la diferencia entre ver monstruos
Y comunicarse con los espíritus depende ante todo del usuario. Quien se busque a sí mismo allí tiene más
oportunidades de topar con realidades que quien intente olvidarse de sí.
III.
Aparte de sus empleos estrictamente terapéuticos -donde muchas veces no
se requieren dosis psicoactivas-, el cáñamo en general y el hachís en
particular tienen usos recreativos y de autoconocimiento similares a los de la
marihuana, La analogía, sin embargo, no debe pasar por alto que el hachís es
menos alegre. Si se fuma todos los días,
empezando ya por la mañana, al modo en que algunos toman café y otras drogas,
ni siquiera grandes cantidades producirán cosa distinta de un zumbido lejano,
no necesariamente embrutecedor pero desprovisto de eficacia visionaria. Sumado al tabaco, contribuirá a la
bronquitis.
Entre los que empezamos a fumar regularmente hace tres décadas,
bastantes han reducido mucho las tomas, e incluso dejado de consumir por
completo, alegando efectos depresivos.
Esto es más usual todavía -si la experiencia no me engaña entre
personas del sexo femenino, aparentemente más interesadas por estimulantes
abstractos o drogas de paz. Influye
también muy notablemente la progresiva degradación del producto. Es un hecho que el empleo crónico, sobre todo
antes de dormir, reduce o suprime sueños, y que saltar de la cama a la mañana
siguiente cuesta más.
Por lo que a mí respecta, tiendo a seguir fumando todos los días,
aunque casi siempre después de cenar.
Combinado con algunos vasos de cerveza, uno o dos cigarrillos hacen el
efecto de un hipnótico suave, y suelo emplear el tiempo que media antes de
sentir somnolencia en el repaso de trabajos, o en la lectura. La capacidad de esta droga para presentar
aspectos inusuales de las cosas me sigue pareciendo útil a efectos de matiz
expresivo y comprensión. Por supuesto,
cuando el producto carece de calidad sencillamente no consumo. Aunque en ciertas épocas he fumado durante
años enteros, empezando cada día con una pipa al despertar, siempre me ha
sorprendido la falta de cualquier reacción parecida a la abstinencias. No puedo incluir entre los efectos de la
abstinencia que falte la suave inducción al sueño, pues esa inducción deriva
del propio hachís, y lógicamente falta cuando falta su causa.
Para terminar, podrían decirse unas palabras sobre el llamado
aceite, que se obtiene tratando hachís en retortas con alcohol. La pureza de este producto depende de las
veces en que es vuelto a refinar, y cuando alcanza su punto máximo el resultado
es un líquido ambarino que contiene una concentración muy alta de THC; basta
entonces una pequeña gota para inducir experiencias de notable intensidad. Sin embargo, lo normal es que el aceite sea
una especie de alquitrán muy viscoso, que se mezcla con tabaco e induce efectos
parecidos a pastes o tortas hechos con hachís de baja calidad, esto es, una
ebriedad densa y prolongada aunque poco sutil, con el cuerpo pesado y la cabeza
también. Sospecho que los pocos casos de
envenenamiento agudo atribuidos a hachís se debieron a distintos aceites, cuya
toxicidad no es nada despreciable.
Tuve ocasión de comprobar su potencia hace más de década y media,
cuando tres amigos ingerimos una cantidad excesiva (pensando que no lo era), y
fuimos a visitar la pinacoteca vieja de Munich.
Pasaron casi dos horas sin efecto, y de repente aquello empezó a
impregnarnos. El aire se pobló de
pequeños seres en suspensión, como si estuviéramos dentro de grandes peceras
hasta entonces invisibles, surcadas por fogonazos de luz intermitente, mientras
los retratos y paisajes no sólo emitían el calor humano de personas vivas sino
música adecuada a sus tonos de color.
Recordé inmediatamente los comentarios de Baudelaire y Gautier sobre
transformación de formas en sonidos, mientras una progresiva inmovilidad iba
haciendo presa de nuestros cuerpos; a mí, por ejemplo, me resultaba imposible
sacar la mano de un bolsillo de la chaqueta, y comprobé que mis amigos se habían
sentado en las distintas salas, perfectamente quieto cada uno frente a un
cuadro. Conseguí llegar a una sala con
varios Rubens (entre ellos Cristo y María Magdalena) y algún Durero,
atónito ante los cambios perceptivos, cuando el tiempo sencillamente se detuvo
y hube de tomar asiento también. Las
pinturas dejaron de ser lienzos y se transformaron en ventanas a distintos
paisajes, suavemente animados de movimiento, que comunicaban una enormidad de
sentido. Pasar de uno a otro era
recorrer universos completos en sí mismos, una inefable inmersión en épocas y
climas espirituales pasados que de repente estaban allí, vivos en sus más
mínimos detalles, ofrecidos como se ofrece el día a quien abre el balcón de su
cuarto, con los sonidos, aromas y brisas del momento.
Inmóviles estábamos -con lágrimas de alegría ante
tanta belleza-, cuando llegó la hora del cierre. Supongo que ver personas conmovidas
estéticamente explicó la solicitud de los celadores, pues si no me equivoco
tuvieron que ayudarnos a hacer buena parte del camino hacia la salida. Mientras bajábamos a cámara muy lenta la
larga escalinata del museo, asidos como podíamos al pasamanos, me pareció ver
un destello de ironía/comprensión en los porteros. Entramos con dificultad en el coche -conscientes
de que ninguno sería capaz de conducir-, y allí pasamos todo el resto de la
tarde y la noche, aguantando en silencio sucesivas visiones, hasta que
amaneció. Aunque la experiencia fue en
rasgos generales muy enriquecedora, creo que estuvimos al borde de un serio
envenenamiento. Sin embargo, dormir diez horas nos repuso satisfactoriamente.
Por lo que respecta al THC en sí, fue un misterio
hasta mediados de este siglo, pues los químicos buscaban como principio activo
del cáñamo un alcaloide, y el tetrahidrocannabinol -falto de nitrógeno en su
molécula- no lo es. Su síntesis es
barata, pero faltan todavía estudios fiables sobre toxicología y efectos
subjetivos. Los únicos realizados legalmente
hasta ahora, patrocinados por el NIDA (Instituto Nacional para el Abuso de
Drogas) norteamericano, carecen de objetividad; intentando probar que la
marihuana resulta adictiva y productora de demencia, los investigadores usaron
THC en dosis muy altas -equivalentes en algunos casos a cincuenta o cien
cigarrillos de una sola vez-, con sujetos no preparados para la magnitud del
efecto. Las consecuencias incluyeron
episodios de pánico, e intoxicaciones de diversa consideración. Sin embargo, juzgar los efectos de la
marihuana fumada por los efectos de THC administrado oralmente equivale a
juzgar los efectos de un tinto riojano por los efectos del éter etílico. Como solamente esta investigación ha sido
autorizada por ahora, seguimos sin progresar en la psicofarmacología del tetrahidrocannabinol. No he tenido ocasión de experimentar con la
sustancia, y si alguna vez lo hiciera sería -desde luego- con el mismo respeto
que empleo para la LSD y sus afines. Por
otra parte, todos los indicios sugieren que posee una toxicidad bastante
superior a la de sus análogos.
2. SUSTANCIAS DE ALTA POTENCIA
Como cumpliendo la leyenda de
Aladino y su lámpara, hay ciertas plantas que invocan un dijnn o genio
capaz de transformar en grados asombrosos la realidad interna y externa, pero
que no se dejan invocar vanamente, sin una clara resolución en quien frota la
lámpara. Los pueblos que las han
empleado y emplean se comportan ante ellas con el temor reverenciar típico de
los Misterios helenísticos y otros sacrificios de comunión en religiones
paganas, suponiendo que están entrando en contacto con fuentes primigenias del
sentido, y que si el individuo no se ha purificado antes (con ayunos y
correctas guías) los dioses le harán sufrir espantosos castigos.
Desde el punto de vista químico, son sustancias tan parecidas a
varios neurotransmisores que podrían producirse espontáneamente en el cerebro,
como las encefalinas y endorfinas, y de modo muy especial en ciertos tipos de
sistema nervioso. Parecen concentrar su
acción en el hipotálamo, y suelen metabolizarse de modo rápido o muy rápido en
comparación con otros psicofármacos.
Estudios hechos con LSD radiactivo, para seguir su ruta por el organismo
con un contador de centelleo, muestran que ha abandonado el cerebro mucho antes
de iniciarse la modificación psíquica.
Desde el punto de vista de la estructura molecular, los grandes
fármacos visionarios se han dividido en dos familias principales; una posee un
anillo bencénico y tiene por prototipo la mescalina; otra posee un anillo
indólico y se subdivide en tres grupos básicos: a) las triptaminas (de las
cuales el prototipo es la psilocibina); b) los derivados del ácido lisérgico; y
c) las beta-carbolinas (de las que son prototipos la harmina o harmalina,
presentes en plantas como el yagé americano y la ruda europea).
MESCALINA
Este alcaloide -cuyo nombre químico es trimetoxifeniletilamina-
se encuentra en el peyote o botón de mescal y algunas otras cactáceas
originalmente americanas, como el trichocereus o sampedro, que hoy crece
en todo el mundo. Condiciona
tradicionalmente la cultura de varios pueblos (el cora, el tarahumara, el
tepehuani y el huichol), que en algunos casos hacen cientos de kilómetros a
pie, en una peregrinación anual, para proveerse de los botones usados por la
tribu en «veladas» semanales. Entre
otros curiosos rasgos, caracteriza a estos pueblos que todos los adultos
conozcan y ejerzan las prácticas mágicas.
Desde 1870 el peyotismo mexicano empieza a diseminarse al norte
del Río Grande, y hoy llega hasta las provincias meridionales del Canadá. Constituye la religión mayoritaria para unas
cincuenta tribus, supervivientes de la colonización, y -tras salvar numerosos
escollos- logró inscribirse en el registro de religiones reconocidas en 1918
como Native American Church. Según
su carta fundacional, la meta es:
Proteger y promover la creencia en el Todopoderoso, estimulando la
moralidad, la sobriedad, la industriosidad y el correcto vivir, mediante un uso
sacramental del peyote.
Condenado este uso sacramental por la Inquisición cat,6lica, como
«satánica superchería», el puritanismo protestante mantuvo en 1921 que las
ceremonias son «orgías frenéticas, mucho peores que las fiestas de cocaína
celebradas Por los negros». Sin embargo,
una vasta literatura antropológica afirma de modo unánime que jamás presenta un
Peyotero el aspecto de un borracho, o habla atropellada y confusamente, incluso
cuando está bajo el influjo inmediato de altas dosis; los ritos de comunicación
semanal tienen muy poco de espectacular, y se caracterizan por una revelación
personal que ocurre dentro de una atmósfera contemplativo tranquila, sobria y
relajada.
Desde el punto de vista orgánico, los observadores destacan
también que al adherirse a la Nativo American Church los indios
abandonaron en masa el uso de aguardientes, y que -comparados con la minoría
aborigen no adherida~ sus miembros presentan mejor estado nutritivo, sin
signos de «deterioro físico, moral o mental».
Hoy pertenecen a la NAPC unos doscientos cincuenta mil indios
norteamericanos.
I. La
mescalina, principio activo básico del peyote, carece de dosis mortal
conocida. Nadie ha muerto a consecuencia
de ingerir el cacto o administrarse el alcaloide. Por vía oral, la dosis activa mínima ronda
los 100 gramos, si bien sólo 500 o 600 miligramos producirán una experiencia
visionaria muy intensa, que durará entre 6 y 10 horas. En botones de la planta, y dependiendo de su
tamaño, las dosis varían de dos a treinta, si bien treinta equivalen a bastante
más de 600 miligramos. La síntesis
química es relativamente cara, pues un gramo (dos dosis altas) viene a costar
dos dólares, que en el mercado lícito se elevan a 70, y en el ilícito a 200.
Las formas vegetales suelen tomarse tras secar el cacto, ya que
sus principios no son volátiles. Sin
embargo, sólo los muy experimentados evitan que la ebriedad se vea precedida
por náuseas y vómito, dado el insufrible gusto, quizá acompañada por dolor de cabeza. incluso la mescalina
pura por un pasaje afecta al centro cerebral del vómito, aunque muchas veces no
produzca ese efecto. Dentro del sistema
nervioso, el principal órgano afectado es el hipotálamo. Este alcaloide presenta la misma estructura
química básica que la norepinefrina o noradrenalina; ambos derivan de la
fenetilamina, pariente próximo de la fenilalanina, que es uno de los
aminoácidos esenciales. A la
norepinefrina se atribuyen funciones decisivas en el mantenitniento de la
vigilia, el reposo nocturno con sueño, la regulación del humor y el mecanismo
cerebral de gratificación.
El factor de tolerancia es prácticamente nulo si las
tomas se espacian de modo considerable (un mes como mínimo), y prácticamente
infinito si las tomas se repiten a diario o varias veces al día. En la estrecha franja intermedia
-administraciones semanales, por ejemplo, como hacen los miembros de la
iglesia peyotera- sí se produce una tolerancia leve, y tras años o décadas de
administraciones periódicas separadas por períodos de siete o quince días la
dosis puede doblarse o triplicarse.
Mínimas modificaciones en la molécula mescalínica
producen compuestos mucho más potentes aún, y de duración algo más breve. Así, la escalina (que en la cuarta posición
del anillo bencénico tiene un grupo etiloxi) posee cinco veces más actividad,
y la proscalina (que allí tiene un grupo propiloxi) posee diez veces más
actividad. Hay ya bastantes estudios
hechos sobre otras sustancias de este tipo, pero su uso todavía no se ha
difundido salvo en pequeños círculos californianos.
II. L. Lewin, que investigó el
peyote en 1898, hizo autoensayos con el fármaco y extrajo en conclusión:
No hay en
el mundo una planta que provoque en el cerebro modificaciones funcionales tan
prodigiosos. Aunque las procure
solamente bajo la forma de fantasmas sensoriales, o por la concentración de la
más pura vida interior, esto acontece bajo formas tan particulares, tan
superiores a la realidad, tan insospechadas, que quien es su objeto se siente
transportado a un mundo nuevo de sensibilidad e inteligencia. Comprendemos que el viejo indio de México
haya visto en esta planta la encarnación vegetal de una divinidad.
Poco después, el médico y psiquiatra W. Mitchell escribía un
ensayo sobre sus propias experiencias con el botón de mescal, «en un vano
esfuerzo por describir con un lenguaje transmisible a otros la belleza y el
esplendor de lo que vi», Havelock Ellis confirmaba su criterio, manteniendo que
era «la droga de atractivo más puramente intelectual [... ] no sólo una delicia
inolvidable sino una influencia educativa del más alto valor». Otro médico comentaba que «la razón resta
intacta, y agradece a Dios el otorgamiento de visiones tan sublimes». Desde entonces, hasta las obras de A. Huxley
y H. Michaux, queda claro que esta droga no representa nada semejante a un lenitivo
para el sufrimiento o la apatía. Al
contrario, es un estímulo para el espíritu humano, que -como aclaró W. James-
fuerza a «no cerrar nuestras cuentas con la realidad».
Comparativamente hablando, quizá ningún fármaco de este grupo
posee una capacidad tan deslumbrante para suscitar visiones, y en especial para
producir las más fantásticas mezclas de forma y color. Por otra parte, el ánimo experimenta una
profundización paralela a la puramente sensorial, y tras una primera fase -que
suele ser de euforia ante las maravillas percibidas- sobreviene un período de
serenidad mental y lasitud muscular, donde la atención se desvía de estímulos
perceptivos para orientarse hacia la introspección y la meditación.
Desde luego, el «mal viaje,» no está descartado. Aquello que un individuo puede experimentar
como goce puede experimentarlo otro como espanto. El ambiente y la preparación son aspectos de
gran importancia, aunque no decisivos; la personalidad autoritaria, la
paranoica, la marcadamente depresiva u obsesiva, la pusilánime y la muy
ambivalente tienden a asimilar mal todos o algunos momentos de la
excursión. Dicho de otro modo, la
capacidad básica de la mescalina -catalizar procesos sepultados, pero no
ausentes del cerebro normal- será experimentada por unas personas como
acercamiento a la verdad, y por otras como alejamiento o definitivo extravío.
Por lo mismo, saber de antemano si una experiencia podría resultar
espiritualmente valiosa, o inútilmente arriesgada, no es en modo alguno
sencillo. A mi juicio, ningún indicio
mejor que el interés espontáneo del sujeto, cuando posee datos fiables sobre
farmacología y reacciones. Con el
ambiente y la preparación adecuada, me atrevería a decir que quien siente un
interés espontáneo por la experiencia visionaria no saldrá decepcionado,
aunque ya a las primeras de cambio atraviese un trance de pequeña muerte, con
los inevitables terrores y desconciertos implicados en la secuencia
extática. El «mal viaje» será tan sólo
un viaje difícil, posiblemente más enriquecedor aún para quien persigue la
excursión psíquica que una experiencia sin sobresaltos.
En todo caso, esos trances requieren casi invariablemente dosis
altas o muy altas de mescalina. Al igual
que acontece con LSD o psilocibina, los efectos pueden ser cortados en seco, o
bien suavizados tan sólo, usando tranquilizantes mayores o menores
respectivamente. 50 miligramos de clorpromacina (en específicos como Largactil,
Meleril, Eskazine, etc.) interrumpirán la ebriedad; 20 miligramos de
diazepam (Valium, etc.) recortarán sus aristas. Pero mucho más rápido y provechoso aún suele
ser escuchar entonces a alguien experirnentado. En bastantes ocasiones he
visto accesos de pánico suprimidos de modo fulminante con dos palabras, un
leve desplazamiento en el espacio o el mero consejo de mirar con atención
cierto objeto, o escuchar cierto sonido.
III.
Los usos sensatos pasan, pues, por no ser usos solitarios en las
primeras administraciones. Llámense
«guías», buenas compañías, o sencillamente amigos adecuados, una parte nuclear
del ambiente y la preparación de una experiencia con visionarios muy activos
reside en estar con gente querida y ya acostumbrada al viaje, sin
perjuicio de que estén presentes otras personas faltas de costumbre en trances
parejos. El número no alterará lo
básico, pero sí puede ser decisivo que tengamos a mano alguien digno de
confianza, tanto por sus cualidades personales como por conocimientos
específicos en este terreno.
También será conveniente tomar
otras medidas internas y externas. Entre
las externas incluiría el ayuno, así como una cuidadosa elección de lugar y
hora. La inmensa mayoría de las
iniciaciones -desde los Misterios clásicos a las ceremonias actuales de
distintos pueblos americanos, asiáticos, africanos y polinesios- acontecen de
noche, para potenciar las visiones con oscuridad y silencio, y también para
evitar que un exceso de luz y ruido distraiga o moleste al sujeto; la pupila se
hace tan sensible a estímulos que la simple claridad de un mediodía puede
equivaler a la cegadora visión del globo solar.
Dada la duración del trance, dependerá de gustos iniciarlo al final de
la tarde (para contemplar inicialmente el crepúsculo) o bien con la noche
avanzada (para contemplar finalmente el amanecer). Ambos momentos son grandiosos, si bien la
disposición subjetiva tiende a ser bastante distinta al comienzo de la
excursión psíquica (cuando son más intensas las modificaciones perceptivas) y
al final (cuando predomina una disposición más introspectiva o teórica).
Para la elección de lugar, recomendaría no decidir a
la ligera, y tomar en cuenta varios factores; el grado de familiaridad y apego
hacia ciertos parajes, la versatilidad del sitio (en el sentido de permitir
espacios cerrados y abiertos, solitarios y concurridos, dependiendo de lo que
vaya apeteciendo), y en cualquier caso la certeza de poder estar tranquilos,
sin intromisiones de extraños. En
cuanto al ayuno -que potencia los efectos y reduce al mínimo episodios de
náuseas y vómitos-, acostumbro hacer la última comida la noche previa; durante
el día de la administración evito café, té o equivalentes, y si siento algo de
apetito recurro a un zumo de fruta o de verduras. Cuando está ya declinando el viaje, hacia las
siete u ocho horas de su comienzo, ningún sistema de aterrizar supera a una
mesa llena de manjares, generosamente regada por vinos y licores. Es el pórtico natural para un sueño
prolongado que restaure las fuerzas.
En cuanto a medidas internas, entiendo que ayuda a profundizar la
experiencia ir anticipándola días antes; ese «darle vueltas» no sólo defiende
de imprevistos evitables, sino que fortalece y matiza la intención. Con todo, he visto a sujetos demasiado
preocupados por este aspecto, lo cual delata un propósito de trazar fronteras y
lindes que acaba siendo grotesco cuando se trata de recorrer inmensidades en
potencia. Ante este tipo de obsesivo
-finalmente atemorizado por la pérdida de límites- lo mejor es improvisar el'
viaje, allí donde no resulte temerario, o bien sugerirle (por su propio bien)
que evite entrar en cosa parecida. Quien
realmente no desee saltar al vacío debería abstenerse de usar psiquedélicos
poderosos.
Aunque la mescalina sea quizá el fármaco más
espectacular en cuanto a visiones, no sé de nadie que haya querido matarse o
atacar a otros bajo su influjo, o siquiera que haya sufrido trastornos
psicológicos prolongados más de unas horas.
Esta circunstancia puede deberse a que nunca ha tenido una difusión tan
masiva e indiscriminado como la LSD, y quizá también a una peculiar dulzura de
su acción en dosis leves y medias de (100 a 500 miligramos). Sin embargo, puede producir episodios
psicóticos tan intensos como cualquier otro fármaco análogo, en caso de ser
administrada a personas no idóneas por una u otra razón. La preparación y el ambiente son aspectos a
tomar en serio, pero aquello que finalmente decidirá es la constitución
anímica del sujeto; si falta un espíritu de aventura y autodescubrimiento hay
altas probabilidades de que la experiencia resulte trivial, o inútilmente
agotadora.
LSD
El descubrimiento de esta sustancia -la dietilamida del ácido
lisérgico- se produjo de modo no enteramente casual pero sí imprevisto, en
1943, dentro de las investigaciones que A. Hofmann proseguía sobre los
alcaloides del hongo llamado cornezuelo o ergot, tras haber hecho notables
descubrimientos para la prevención de hemorragias posparto. Hofmann buscaba un estimulante circulatorio
y respiratorio cuando absorbió sin querer (probablemente por vía cutánea) un
compuesto que tenía clasificado con el número 25 desde años atrás. Las extrañas reacciones subjetivas le
decidieron a hacer un autoensayo, usando cantidades ridículamente pequeñas,
con la pretensión de quedar a cubierto de cualquier eventualidad. Para ser exactos, empleó 0,25 miligramos (250
millonésimas de gramo o gammas) diluidas en agua, y una hora más tarde
estaba inmerso en una enorme excursión psíquica, donde la hilaridad
irreprimible se combinaba con agudas aprensiones. Había tornado dos veces y media la dosis
estándar.
La historia posterior de la LSD se ha contado a menudo. Tras seducir a neurólogos y psiquiatras del
mundo entero desde 1950 -hasta el extremo de que en 1960 había más de mil
comunicaciones científicas y monografías publicadas sobre la sustancia-, un
conglomerado de factores precipitó su irrupción masiva en la calle. En semanas pasó de ser el más prometedor
hallazgo a «amenaza número uno de América», y de dúctil medicamento a droga sin
ninguna utilidad terapéutica.
Hasta hace unos veinte años fabricar LSD resultaba relativamente
caro y expuesto a estorbos, pues el principal precursor químico -la ergotamina-
dependía necesariamente del ergot. Pero
se ha descubierto un modo de multiplicar el hongo en tanques de fermentación, a
muy bajo precio, y hoy es sencillo producir toneladas de ergotamina sin
necesidad de recurrir a cereal parasitizado.
De ahí que un kilo de LSD (10.000.000 de dosis estándar) venga a costar
aproximadamente seis millones de pesetas.
Si no hay ahora en el mercado negro grandes partidas de producto
barato y muy puro es por razones extrafinancieras, ligadas finalmente al cambio
de valores y actitudes que se produce desde mediados de los años setenta. Con todo, algunos sondeos indican que los
sustitutos actuales -la psiquedelia de diseño y cultivos domésticos de hongos
psilocibios- no han borrado el recuerdo de la LSD; al contrario, vuelve a haber
interés en la calle, y psicoterapeutas de todo el mundo reclaman con
insistencia creciente que se levanten las restricciones a su empleo médico y
científico. Por otra parte, los pequeños
círculos donde ha seguido consumiéndose LSD aprendieron la lección de los años
sesenta, y lo hacen actualmente con cautela. Hoy es raro encontrar en el
mercado negro la sustancia en unidades que contengan más de 50 gammas, y hace
veinte años la cantidad media rondaba las 200.
Pero si en el futuro se produjera un fenómeno remotamente
parecido al de los años sesenta, la extraordinaria baratura de esta droga
-sumada a sus específicas propiedades (en el espacio ocupado por un décimo de
gramo caben mil dosis)- pondrían en grave aprieto a la policía de
estupefacientes.
I. Las
propiedades farmacológicas de la LSD lindan con lo pasmoso. Una mota prácticamente invisible produce lo
que el psiquiatra W. A. Stoll definió como «experiencia de inimaginable intensidad». La dosis activa mínima en humanos es inferior
a 0,001 miligramos por kilo de peso. La
dosis letal no se ha alcanzado. Sabemos,
sin embargo, que el margen de seguridad alcanza por lo menos valores de 1 a
650, y que probablemente se extiende bastante más allá, cosa sin remoto
paralelo en todo el campo psicofarmacológico.
El factor de tolerancia no existe, pues quien pretenda mantener sus
efectos con dosis sucesivas se hace totalmente insensible en una decena de
días, incluso usando cantidades gigantescas.
La metabolización acontece también en un tiempo récord (dos horas),
comparada con la de cualquier otro compuesto psicoactivo; las constantes
vitales no se ven prácticamente afectadas.
Para una persona que pese entre 50 y 70 kilos, una dosis de 0,02
miligramos (20 gammas o millonésimas de gramo) produce ya una notable
estimulación y claridad de ideas, aunque no modificaciones sensoriales. La dosis estándar es de 0,10 miligramos (100
gammas), y prolonga su acción entre 6 y 8 horas, desplegando ya algunos efectos
visionarios. A partir de 0,30 miligramos
(300 gammas) comienzan las dosis altas, que pueden prolongar su acción 10 o 12
horas.
Si la mescalina guarda un
estrecho parentesco con el neurotransmisor norepinefrina (noradrenalina), la
LSD presenta analogías estructurales con el neurotransmisor serotonina, al que
se atribuyen regulación de la temperatura, percepción sensorial e iniciación
del reposo nocturno.
A finales de los años sesenta aparecieron
informaciones muy publicitarias sobre efectos teratógenos (creadores de anomalías
congénitas) y hasta cancerígenos de la droga.
En tono menor, se dijo también que producía «alteraciones» cromosomátícas,
de alcance indeterminado. Pero el
National Institute Of Mental Health americano realizó 68 estudios
separados desde 1969 a 1971, de los que se dedujo que la aspirina, los
tranquilizantes menores, el catarro común y en especial el alcohol producen
claras alteraciones cromosomáticas. La
polémica quedó zanjada poco después, cuando la revista Science declaró
que «la LSD pura en dosis moderadas no lesiona cromosomas, no produce lesión
genética detestable y no es teratógena o carcinógena para el ser humano». La contundencia de la declaración no era
ajena a descubrirse que las informaciones distribuidas a la prensa sobre
teratogenia de la LSD provenían originalmente de un grupo de alcohólicos, sometidos
a tratamiento de deshabituación con ella.
Como era de esperar, el desmentido de la comunidad científica recibió
incomparablemente menos publicidad que el infundio previo.
II. Los
efectos subjetivos se parecen a los de la mescalina, si bien son todavía más
puros o desprovistos de contacto con una «intoxicación» en general. No se siente nada corpóreo que acompañe a la
ebriedad, al contrario de lo que acontece -en distintos grados- con cualquier
otra droga. El pensamiento y los
sentidos se potencian hasta lo inimaginable, pero no hay cosa semejante a
picores, sequedad de boca, dificultades para coordinar el movimiento, rigidez
muscular, lasitud física, excitación, somnolencia, etc. Frontera entre lo material y lo mental, el
salto cuántico en cantidades activas representado por la LSD implica que
comienza y termina con el espíritu; cono sugirió el poeta H. Michaux, el riesgo
es desperdiciar el alma, y la esperanza ensanchar sus confines.
Aunque no lleguen a ser cualitativas, hay considerables
diferencias entre dosis medias y altas, superiores a las existentes entre
dosis altas y muy altas. La excursión
psíquica, que en dosis leves y medias es contemplada a cierta distancia, se
convierte en algo envolvente y mucho más denso con cantidades superiores. Las visiones siguen siendo tales -y no
alucinaciones-, ya que se conserva la memoria de estar bajo un estado alterado
de conciencia, y la capacidad de recuerdo ulterior. Sin embargo, ahora arrastran a compromisos
inaplazables ante uno mismo y los demás.
Convencimientos y percepciones beatificas alternan con un desnudamiento
de los temores más arraigados, dentro de un trance que del principio al fin
desarma por su esencial veracidad. Balsámica
o inquietante, la luz está ahí para quedarse, iluminando lo que siempre
quisimos ver -sin conseguirlo del todo- y también lo que siempre quisimos no
ver, lo pasado por alto.
Esto no quiere decir que las
experiencias carezcan de un tono general más glorioso o más tenebroso, sino tan
sólo que esas dimensiones nunca resultan disociables por completo. A mi juicio, las experiencias más fructíferas
son aquellas donde se recorre la secuencia extática entera, tal como aparece en
descripciones antiguas y modernas. Por
este trance entiendo una primera fase de «vuelo» (subida es el termino
secularizado), que recorre paisajes asombrosos sin parar largamente en ninguno
-viéndose el sujeto desde fuera y desde dentro a la vez-, seguida de una
segunda fase que es en esencia lo descrito como pequeña muerte, donde el sujeto
empieza temiendo volverse loco para acabar reconociendo después el temor a la
propia finitud, que una vez asumido se convierte en sentimiento de profunda
liberación. Es algo parecido a cambiar
la piel entera, que algunos llaman hoy acceso a esferas transpersonales del
ánimo.
Bajo diversas formas, he atravesado esa secuencia en cuatro o
cinco ocasiones. La primera vez, hace
más de dos décadas, sobrevino tras la necedad de tomar LSD para soportar mejor
una velada con gente aburrida, y la última -hace pocos años se produjo con una
dosis alta del fármaco, quizá algo superior a las 1.000 gammas. La inicial selló el tránsito de juventud a
primera madurez, y la última marcó una aceptación del otoño vital. En realidad, fueron trances tan duros que no
percibí entonces su aspecto positivo o liberador; sólo en experiencias
ulteriores, de maravillosa plenitud, comprendí que con el recorrido por lo
temible había pagado de alguna manera mis deudas, al menos en medida bastante
como para acceder sin hipoteca a estados de altura.
Si tuviera que matizar la diferencia entre LSD y otros visionarios
de gran potencia, diría que ninguno es más radiante, más nítido y directo en
el acceso a profundidades del sentido.
Eso mismo le presta una cualidad implacable o despiadada, que no se
aviene al fraude y ni tan siquiera a formas suaves de hipocresía, apto sólo
para quienes buscan lo verdadero a cualquier precio. Y diría también que para ellos guarda
satisfacciones inefables. La amistad, el
amor carnal, la reflexión, el contacto con la naturaleza, la creatividad del
espíritu, pueden abrirse en universos apenas presentidos, infinitos por sí
mismos. Como dijo Plutarco, tras
iniciarse en los Misterios de Eleusis: «Uno es recibido en regiones y praderas
puras, con las voces, las danzas, la majestad de las formas y los sonidos sagrados.»
III. A fin de decidir sobre usos
sensatos e insensatos, lo primero es tener presente que «las formas y los
sonidos sagrados» -según el mismo Plutarco- vienen luego (o antes) del
«estremecimiento y el espanto». Si la
LSD consistiera solamente en tener delante de los ojos bonitos juegos
calidoscópicos, viendo cómo los colores se convierten en sonidos y viceversa, gozaría sin duda de gran
aceptación como pasatiempo físicamente inocuo; pero los cambios sensoriales se
ven acompañados de una profundización descomunal en el ánimo, que empieza
borrando del mapa cualquier servidumbre con respecto a pasatiempos. Se trata, pues, de televisores que no requieren
aparato, y de grandiosos cuadros que no requieren luz para ser contemplados;
pero no de visiones que se muevan oprimiendo el botón de canales, o que no nos
comprometan radicalmente en un viaje de autodescubrimiento.
Llamativo resulta que ese viaje de autodescubrimiento
lleve pronto o tarde a la crisis del yo inmediato, haciendo que el sí
mismo se amplíe a regiones antes desocupadas, y abandone otras consideradas
como patria original. Precisamente esta
capacidad de reorganización interna determinó los principales usos médicos de
la LSD mientras fue legal. Herramienta
privilegiada para acceder a material reprimido u olvidado, la sustancia se
usó con «éxito» -según psiquiatras y psicólogos- en unos 35.000 historiales de
personas con distintos trastornos de personalidad, sin que los casos de
empeoramiento o tentativa de suicidio superasen los márgenes medios observados
con cualquier otra psicoterapia. También
se observaron sorprendentes efectos en el tratamiento de agonizantes, pues el
75% de los enfermos terminales a quienes se administró pidió repetir, y el
personal hospitalario pudo detectar grandes mejoras en cuanto a llanto, gritos
y horas de sueño se refiere; de hecho, resultó mucho más eficaz para aliviar
sus últimos días que varios narcóticos sintéticos usados como término de comparación.
La experiencia médica, y la psicoterapéutica en
particular, pusieron en claro lo previsible: que el tratamiento con LSD no
rendía buenos resultados para el conjunto de personas llamadas «psicóticas», y
que sólo parte de los «neuróticos» respondía adecuadamente. También se observó que- una proporción
abrumadoramente alta de los «sanos» (casi el 90%) respondía de modo positivo y
hasta entusiasta a sesiones bien preparadas.
A mi juicio, no hay duda alguna de que la LSD tiene un potencial
introspectivo quizá inigualable, y que posee usos estrictamente médicos de
gran interés. Como penúltima cuestión
resta saber hasta qué punto es también una droga para festejar, en reuniones
que excedan el marco de grupos muy restringidos. Actos de este tipo tuvieron su culminación en
Woodstock, cuando medio millón de personas convivieron en un mínimo espacio
durante tres días, sin provocar ningún acto de violencia. Aquello tuvo bastante de milagro, como los
masivos festivales psiquedélicos previos, y durante esos años asistí a varias
celebraciones -mucho más modestas pero multitudinarias también donde el
fármaco no produjo el menor brote de agresividad suicida o dirigida hacia
otros, sino más bien todo lo contrario, con torrentes de afecto y
comprensión. A pesar de ello, hoy sería
más cauteloso, y (cuando menos en mi territorio) no «viajaría» nunca con
personas desconocidas. Para ser exactos,
no aceptaría tampoco una dosis de LSD venida de alguien que no fuese de mi
entera confianza -y que no la hubiese probado antes.
La última cuestión es determinar si este fármaco puede enloquecer
al que no era previamente «loco». No he
conocido ningún caso semejante, y creo haber tenido experiencias con un número
próximo al millar de personas. He visto
mucho sufrir, y mucho andar perdido, empezando por mí mismo, pero no a alguien
que perdiese el juicio duraderamente; más bien he visto a personas bendiciendo
el momento en que les hizo decidirse a entrar en la experiencia visionaria,
entregadas con toda su alma al amor y la belleza de lo real.
Para ser exactos, la experiencia más aterradora de cuantas
recuerdo tuvo por sujeto a un joven psiquiatra, que llegó a la casa de campo
donde celebrábamos una tranquila sesión, y al enterarse de ello se lanzó a un
largo discurso sobre psicosis permanentes y lesiones genéticas. Alguien tuvo la ocurrencia de preparar té y
-una vez bebido- sugerir a aquel hombre que contenía LSD. Eso bastó para lanzarle a un violento ataque
hipocondriaco, donde pasó de la amenaza de infarto a la parálisis muscular, y
de ésta a una crisis de hígado, con agudos dolores que iban cambiando de
localización. Conscientes de que no
había LSD en el té, -y literalmente paralizados por las carcajadas-, no nos
dimos cuenta de la gravedad del caso hasta que vimos al sujeto precipitarse en
mangas de camisa por un denso campo de chumberas, mientras gritaba que pediría
ayuda a la Guardia Civil. Cuando ya
estaba hecho un acerico, logramos que nos permitiera llevarle en coche a su
hotel, y le juramos por nuestras vidas que su cuerpo estaba libre de toda
intoxicación. Sin embargo, visitó
efectivamente el cuartelillo de la Benemérita algo después (para desdicha
nuestra), y durmió esa noche en la unidad de urgencias de un hospital,
curándose el supuesto envenenamiento con buenas dosis de neurolépticos. Esto sucedió en 1971, y tengo entendido que
actualmente es considerado una eminencia en toxicología.
Al revés de lo que sucede con casi cualquier droga, la
dosis leve de LSD no es más segura o recomendable que la media, e incluso que
la alta. Dosis leves seguirán
prolongando su efecto durante seis o siete horas, y sugiriendo una excursión
psíquica profunda, pero ponen al viajero en la tesitura de quien debe auparse
para mirar al otro lado de un muro, en vez de sentarle sobre el muro mismo, con
todo el horizonte a su disposición.
Tener que auparse suscita a veces desasosiego, así como una vacilación
entre lo rutinario y lo extraordinario, pensando que el viaje ha concluido
antes de tiempo, o no va a acontecer.
Estos inconvenientes no los padece quien va sobrado de dosis, porque el
caudal de sensaciones y emociones le sugiere digerir por dentro sus
descubrimientos. Si dosis leves producen
una estimulación psiquedélica, dosis medias y altas convierten ese estoy-no
estoy en una realidad psiquedélica, que tiene sus propios antídotos para
las dudas.
Me parece un buen ejemplo de infradosis con LSD el de
una mujer joven y grande, que tomó 100 gammas en una playa, para pasar allí la
noche con un grupo de amigos. Inquieta,
en parte por la persistencia de lo habitual, horas después decidió volver a su
casa, sola, y puso en marcha una cadena de peligrosos disparates. Condujo 20 retorcidos kilómetros, asaltada
de cuando en cuando por distorsiones perceptivas, comprendió que seguía
viajando, fue a una discoteca -donde se sintió aún más sola- y tras varias
peripecias (entre ellas una violación frustrada) acabó saludando la salida del
sol con lágrimas de arrepentimiento.
Empleando una dosis de 200 gammas no habría pensado siquiera en coger el
coche.
ERGINA
A diferencia de su dietilamida, la amida del ácido lisérgico o
ergina es el principio activo de muchas trepadoras, que entre nosotros se
conocen como campanillas, campánulas y otros nombres, pertenecientes a las
especies Ipomoea violacea y Turbina corymbosa. Hoy este tipo de plantas crece salvaje en
zonas templadas de todo el planeta, animando el paisaje con su bello colorido,
aunque sólo las semillas de algunas poseen una concentración alta del
alcaloide.
Más curioso aún es saber que la amida del ácido
lisérgico se encuentra también en el hongo llamado cornezuelo o ergot, y puede
obtenerse con un procedimiento extremadamente sencillo, que es pasar las
gavillas de cereal parasitizado por agua; los alcaloides venenosos del
cornezuelo no son hidrosolubles y quedan adheridos a él, mientras otros (entre
ellos la ergina) son hidrosolubles y se disuelven en el agua. Este dato, sumado al hecho de que el
cornezuelo de ciertas zonas mediterráneas (especialmente las griegas) tiene una
proporción inusitadamente alta de los principios visionarios -y casi nula de
los más tóxicos-, sugiere que podrían haber intervenido en las iniciaciones de
distintos Misterios paganos, y especialmente de los celebrados en Eleusis. Alrededor de esa zona, todavía hoy, el ergot
no sólo parasitiza cereales cultivados sino trigo salvaje, cizaña y otras
variedades de pasto.
Está fuera de toda duda, desde luego, que la ergina
(obtenida partiendo de Ipomoeas y Turbinas) fue una droga medicinal y
sacramental en la América precolombina, conocida todavía hoy con el nombre de
ololiuhqui. Esta «comunión con el
diablo» -según los clérigos españoles- la siguen realizando actualmente en
Oaxaca chamanes y chamanas zapotecas, mazatecas y de otras tribus.
I. La
amida y la dietilamida del ácido lisérgico se distinguen tan sólo en que dos
átomos de hidrógeno han sido reemplazados por dos grupos etilo. Sin embargo, esto basta para hacer que la
ergina sea mucho menos activa, y tenga efectos subjetivos bastante
distintos. A. Hofmann fue el descubridor
de esta sustancia, así como de su síntesis química. El coste de producción en laboratorio es
también unas cien veces superior al de la LSD.
Para personas entre 50 y 70
kilos de peso, la dosis activa mínima es de unos 0,5 miligramos. La dosis media, ya con efectos visionarios,
ronda los 2 miligramos. 4 o 5 miligramos son dosis altas. No se conoce la letal, ni ningún caso de
intoxicación aguda. Los zapotecas
utilizan unas treinta semillas, maceradas en agua o en alguna bebida
alcohólica, aunque debe tomarse en cuenta que sus variedades suelen poseer más
actividad que las de otras zonas. Dosis
leves producen efectos durante unas tres horas, y dosis altas hasta ocho o
diez. Las semillas de Turbina
corymbosa, redondas y de color café, se conocen como «hembras» y son usadas
por las mujeres, mientras las semillas de Ipomoea violacea, angulosas y
negras, se conocen como «machos» y son usadas por los hombres. Los zapotecas mantienen -con razón- que las
negras son más potentes, y las toman en grupos de siete o múltiples de esa
cifra (14, 21, 28, 35, etc.); las semillas de color café se administran a veces
atendiendo al número trece, que es el del espíritu protector.
II. El efecto de la ergina es muy
curioso. Ya los primeros botánicos
españoles observaron que -a diferencia del peyote y los hongos visionarios- el
ololiuhqui lo toma el individuo a solas con su curandero, «en un lugar
solitario, donde no pueda escuchar tan siquiera el canto de un gallo». Lo mismo sigue sucediendo hoy en Oaxaca, y el
carácter solitario del trance no se aviene con la suposición de que este
fármaco fuese un ingrediente de los banquetes mistéricos grecorromanos.
Sin embargo, el desarrollo de la experiencia subjetiva
sí se aviene con los testimonios de algunos iniciados a esos Misterios. En dosis altas, de 4 miligramos o más (60 a
100 semillas de Ipomoea violacea) hay una fase inicial de apatía y vacío
psíquico, con sensibilidad incrementada para estímulos visuales, y sólo varias
horas después un período de serenidad y bienestar, que puede prolongarse varias
horas más. La dura fase inicial
-acompañada por algunas molestias de estómago y vértigos- contiene elementos de
angustia que potencian el carácter liberador de la segunda, pues no sólo posee
virtudes psiquedélicas o visionarias sino un intenso poder sedante, desconocido
en otros fármacos de su especie. Teniendo
en cuenta que la constante de los testimonios clásicos es -en palabras de
Apuleyo- empezar «rozando los confines de la muerte» para «acabar adorando a
los dioses desde muy cerca», la ergina podría colaborar eficazmente en la
producción de trances análogos.
III. Desprovista de los rasgos luminosos
que caracterizan a su primo hermano, la LSD, esta droga es usada hoy por los
zapotecas para finalidades terapéuticas interesantes. La más destacable es el
diagnóstico-tratamiento de enfermedades, una operación donde colaboran
estrechamente el curandero y su paciente. Éste se administra el fármaco,
concentrado en llegar a la fuente de su propia salud, y a través de las
declaraciones que hace el chamán va «adivinando» los medios para lograr una
recuperación, o para aceptar el carácter incurable del mal.
Cuando comenzaron las dificultades para obtener LSD pura y barata,
importantes sectores de la juventud norteamericana decidieron sustituirla por
semillas de Ipomoea violacea, dada su ubicuidad en todo el mundo. Pero comprobaron pronto que la sustitución
equivalía -saltando de esfera psicofarmacológica- a buscar los efectos del
opio en barbitúricos, o los del champán en la cerveza. A mi juicio, la experiencia con ergina puede
tener el interés de conocer su peculiar naturaleza, mediante una o dos tomas en
las que se observen las precauciones (sobre todo el ayuno) ya expuestas para
cualquier otra sustancia visionaria potente.
Otra cosa son las administraciones con fines de autodiagnóstico (en
dosis leves o medias), pues en este terreno podría resultar especialmente útil.
HONGOS PSILOCIBIOS Y SUS
ALCALOIDES
Diseminados por América,
Europa y Asia, hay unos setenta hongos que contienen proporciones variables (a
veces estacionales) de psilocibina y psilocina.
En América, abundantes datos arqueológicos apoyan su empleo como fármaco
sacramental y terapéutico desde hace unos tres milenios, bajo denominaciones
entre las que destaca el nombre mexicano teonanácatl («hongo
prodigioso»).
Son variedades que crecen sobre estiércol de vacuno o junto a él,
en los claros de encinares y en prados húmedos, junto a los caminos. Prefieren terrenos altos, suelos con roca
caliza y son prácticamente cosmopolitas, aunque las de Oaxaca (México) tienen
justa fama de potencia. En la Sierra de
Guadarrama, por ejemplo, proliferan diversas especies de Paneolus y
el Psilocybe callosa, que no siempre son psicoactivos. Por término medio, la proporción de psilocina
y psilocibina contenida en estos pequeños hongos es de un 0,03% estándo
frescos, y un 0,3% en el material seco.
Una vez más, fue A. Hofmann quien descubrió estos alcaloides y el modo
dé sintetizarlos químicamente.
Se ha generalizado actualmente en Norteamérica el cultivo
doméstico de P. cubensis, con resultados extraordinarios en cuanto a
rendimiento y calidad. Es el mismo
fenómeno de autoabastecimiento que se observa a propósito de la marihuana, y
parece cubrir sobradamente la demanda interna.
Materia prima y técnicas de cultivo comienzan a exportarse hacia Europa.
I. Las
mínimas dosis activas de psilobicina y de psilocina rondan los 2
miligramos. Desde 10 a 20 miligramos se
extienden las dosis medias, y a partir de 30 miligramos comienzan las
altas. No se conoce cantidad letal para
humanos, ya que nadie se ha acercado siquiera a una intoxicación aguda por
ingerir estas sustancias en forma vegetal o química.
Calculando la proporción de principios psicoactivos en hongos
frescos y verdes, alcanzar dosis medias requerirá unos cinco o cincuenta gramos
respectivamente; el mejor sistema para secarlos es una corriente de aire cálido
(no superior a los 50 grados), almacenando luego ejemplares dentro de bolsas
cerradas que se guardan en el congelador.
Los chamanes de Oaxaca emplean domo cantidad inicial seis pares de hongos.
La psilocibina,y la psilocina tienen estrecho parentesco con la
serotonina, el neurotransmisor más afín a la LSD. De hecho, la psilocibina se activa
biológicamente convirtiéndose en psilocina por pérdida del radical
fosfórico. Aunque tenga cien veces menos
potencia que la LSD por unidad de peso, los efectos orgánicos de la psilocibina
pueden considerarse virtualmente despreciables en dosis no descomunales. Se trata de una sustancia poco tóxica, que el
cuerpo asimila sin dificultad. De ahí
que el margen terapéutico no haya podido establecerse aún, pues supera el 1 a
70, y bien podría seguir más allá. Los
efectos de dosis medias se prolongan de 4 a 6 horas, y los de dosis altas hasta
8.
II. En dosis leves y medias, la
psilocibina es como una LSD más cálida, menos implacable en la lucidez interna,
con una capacidad visionaria no inferior a la mescalínica. Si la LSD invoca finalmente experiencias de
muerte y resurrección, la psilocibina llama más bien a experiencias de amar y
compartir, acompañadas por altos grados de libertad en la percepción.
Las visiones más complejas y nítidas, más suntuosamente acabadas,
las he tenido usando esta sustancia, tanto en forma vegetal como
sintética. He contemplado paisajes de
indescriptible profundidad y detalle, con ojos que me producían la sensación de
no haber enfocado nunca antes. La
última vez -hace pocas semanas- esa prodigiosa capacidad de foco se manifestaba
alternativamente con los ojos cerrados y abiertos, ante el más bello crepúsculo
que recuerdo.
Sin embargo, la experiencia quizá modélica ocurrió hace años, con
mi mujer, cuando compartimos el fármaco una noche de verano. Nos abrazamos en postura fetal -respirando
uno el aliento del otro- y así estuvimos hasta el alba, casi absolutamente
inmóviles. Pronto la fusión amorosa
desvaneció cualquier diferencia entre el tú y el yo; ya no éramos dos seres
sino uno solo, el andrógino primigenio, ante el que se abrían escenarios sin
tiempo. El lado femenino se sumergió en
visiones geométrico-siderales, dotadas de una refulgente animación. Más tenebroso, el lado masculino reprodujo
algo similar al Triunfo de la muerte pintado por Bruegel, pero no con
esqueletos sino con seres parecidos a los del Bosco, que se enzarzaban en una
batalla naval desde barcos ingentes, maniobrando sobre aguas como vino. Sin embargo, ese cuadro apocalíptico no
producía terror; ni dejaba por un instante de ser algo ofrecido ante todo al
entendimiento. Finalmente la visión del
lado masculino y la del femenino convergieron otra vez, en el paisaje de la
vida infinita que acunaba nuestra pequeña unidad. Fue entonces, rayando ya el día, cuando
cruzamos las primeras palabras.
Naturalmente, nada asegura la dicha. En situaciones inadecuadas, hasta individuos
que tienden a tener buenos «viajes» pueden verse inmersos en trances duros, o
incluso muy duros, donde sólo defiende la entereza de querer saber. Lo común a psilocibina, mescalina y LSD -y
aquello por lo cual se dice que ejercen un efecto «impersonalizado», poco
acorde con los intereses del yo cotidiano- es no ofrecer lo que uno acostumbra
o quiere mirar, sino algo sentido como lo que hay realmente, aderezado o
no por el oropel de cuadros fantásticos.
Como sucede con los sueños, imágenes y emociones pueden no casar
a primera vista; pero un análisis de su divergencia disuelve esa ajenidad. El efecto visionario podría explicarse
suponiendo que estas sustancias permiten saltar del estado de vigilia al
onírico sin el paso intermedio que borra sentido crítico y memoria; se
alcanzaría así un sueño rigurosamente despierto, activo, y no sólo la pasiva
duermevela del opio y sus derivados, con un contacto a plena luz del consciente
y el inconsciente. Esta hipótesis
encuentra apoyo en el hecho de que los neurotransmisores norepinefrina y serotonina
(Marcadamente análogos a LSD, mescalina y psilocibina) se consideran
responsables de la inducción al reposo con sueños.
Por último, cabe añadir que
psilocibina u hongos psilocibios producen la misma animación de lo inanimado
que sus afines en potencia visionaria.
Todo respira, todo está vivo, y lo inorgánico brilla por su
ausencia. Esta certeza es máxima y
constante con LSD, pero acompaña siempre también, en mayor o menor medida, la
ebriedad mescalínica y psilocibínica.
III.
Las indicaciones hechas antes sobre ambiente y medidas preparatorias se
aplican puntualmente a hongos psilocibios.
El ayuno es especialmente recomendable desde la noche previa al día en
que haya de verificarse la administración, para lograr máximos efectos con
mínimas dosis.
No he visto nunca reacciones de pánico ni disociación en tomas
singulares o colectivas, sino todo lo contrario. Pero mi experiencia con este fármaco es muy
inferior -en número- a la que puedo aportar con respecto a la LSD, y considero
excelente el consejo de R. G. Wasson: «Si tiene la más leve duda, no pruebe los
hongos.» En caso de probarlos, le convendrá tener en cuenta que la buena miel
es un tónico excelente; una cucharada de té cada par de horas mejora o mantiene
el estado psicofísico, al igual que sucede con LSD y mescalina.
De estos tres fármacos, la psilocibina es quizá el más próximo a
ánimos voluptuosos. Pero coincide con
ellos en potenciar sobre todo formas «genitófugas» o globales de la
libido. No es, desde luego, un
estimulante genital, aunque -como sus hermanos en el efecto- pueda producir
experiencias eróticas únicas, superiores por imaginación, hondura y potencia a
cualquier otra ebriedad.
AYAHUASCA,
IBOGA Y KAVA
Hay bastantes plantas silvestres con alcaloides del grupo
bencénico o pertenecientes al de las triptaminas, y los etnobotánicos han
descrito varias culturas ligadas al consumo de alguna. Esto es muy frecuente en América desde el sur
del Río Grande, y algo menos en Oceanía y -África, así como en ciertas zonas de
Asia. Sin ánimo de agotar un campo de
perfiles no cerrados aún, mencionaré las menos desconocidas.
La amanita muscaria, esa seta de tallo níveo con caperuza
roja, generalmente jaspeada por puntos blancos, que figura en todos los cuentos
de hadas, constituye el principal fármaco visionario de muchas tribus
siberianas desde tiempos remotos.
Probablemente por influencia del cristianismo, que hubo de combatir
cultos paganos ligados a su uso, esta amanita se incluye en el elenco de las
venenosas junto a la phaloides y otras muy tóxicas), pero no se conoce un solo
caso de sobredosis mortal debido a ella.
Su principio activo es el muscimol, y he oído distintas versiones sobre
su efecto. Algunos mantienen que produce
una ebriedad parecida a la de los hongos psilocibios. Otros -de los que me fío más- dicen que
induce primero un sopor profundo, y sólo luego un estado a caballo entre la
sedación y las visiones, parecido al de la ergina o amida del ácido lisérgico.
Hay varias plantas que contienen IMAOS naturales, como harmina o
harmalina. Es el caso de la ruda en
Europa, y de especies tropicales como la liana Banisteriopsis caapi, llamada
muchas veces yagé y ayahuasca. Análogo
en muchos sentidos a la iglesia aborigen del peyote, el rito ayahuasquero
-practicado originalmente en las cuencas del Orinoco y el Amazonas- ha cobrado
alas en la última década, gracias sobre todo a la iglesia del Santo Daime, de
origen brasileño, cuyos fieles se cuentan hoy por millones, y empiezan a
consolidarse en Europa y Estados Unidos.
Sus ceremonias periódicas de comunión con el fármaco les proporcionan
trances visionarios que hasta ahora no han sido objeto de represión, pues los
vehículos botánicos empleados por sus chamanes no figuran en las listas de
drogas controladas o prohibidas.
Sin embargo, cometeríamos un grave error creyendo que el aborigen
llama ayahuasca, o yagé, a simples extractos de un IMAO natural, comparable en
efectos -y toxicidad- a los actuales estimulantes de acción lenta vendidos por
nuestras farmacias para tratar la depresión.
La sagacidad química del indio desborda con mucho un remedio
semejante. Lo consumido de modo ritual
como ayahuasca añade a esa liana extractos de otras varias plantas -como la Psycbotria
viridis-, cuyo denominador común es contener dimetiltriptamina (DMT), una
sustancia de gran potencia visionaria.
Los IMAOS de la Banisteriopsis sirven para que las plantas ricas
en DMT resulten activas oralmente, porque la DMT sólo despliega sus efectos por
vía de inyección o fumada, y en esos casos apenas dura cinco o diez minutos;
pero los chamanes descubrieron -hace un tiempo inmemorial- que si se combinaba
con IMAOS naturales no sólo podía beberse, sino otorgar una experiencia mucho
más prolongada, y menos abrupta psíquicamente.
El resultado
es un brebaje de toxicidad mínima y eficacia máxima. En vez de tratar la depresión con IMAOS
artificiales en dosis altas, cotidianamente, hasta conseguir una impregnación
de todos los tejidos, el ayahuasquero se administra semanal, mensual o
anualmente una pequeña cantidad de IMAO combinada con un fármaco visionario,
para provocar un trance sin riesgos orgánicos, que -entre otras cosas- combate
la depresión. Analizada químicamente,
una mezcla habitual entre chamanes del río Purús, por ejemplo, viene a contener
40 miligramos de IMAO y 25 miligramos de DMT.
El desanimado paciente de un psiquiatra puede estar tomando 200 o 300
miligramos de IMAOS, día tras día.
Lo equivalente en África a la iglesia peyotera y la del Daime es
el culto bwiti, establecido en Guinea, Gabón y Camerún, que parece defenderse,
cada vez mejor de las misiones cristianas e islámicas. Su vehículo de comunión es un cocimiento
extraído del árbol Tabernanthe iboga, que contiene un alcaloide indólico
(la ibogaína). Sólo he realizado dos
experiencias con extractos de iboga; la primera, empleando una cantidad que se
reveló insuficiente para inducir visiones, produjo efectos estimulantes que se
prolongaron casi dos días. La segunda,
con un tercio más, indujo visiones borrosas, opacas en contraste con las de
LSD, mescalina o psilocibina -y prolongó sus efectos tres días. En ambos casos quedé agotado, con la
sensación de que la ibogaína era más adecuada para la dotación psicofísica de
un fang guincano que para alfeñiques occidentales como yo. Me pareció también que podría afectar
gravemente al corazón y a otros órganos, pálpito confirmado luego por dos casos
-uno de muerte y otro de intoxicación casi fatal- ocurridos en Europa.
Polinesia y Micronesia utilizan el kava o yagona -un extracto de
las raíces del árbol Piper methysticum- en contextos tanto lúdicos como
ceremoniales. Es un fármaco que en dosis
no muy altas funciona como sedante eufórico, muy agradable y hasta cierto punto
similar a cantidades mínimas de MDMA. En
dosis muy altas algunos atribuyen al kava actividad visionaria, aunque no
puedo confirmarlo a partir de mis propias administraciones. Parece también que por encima de cierta
cantidad (800-1.200 miligramos de dihidrometisticina, su principio más activo)
pueden producirse alergias cutáneas.
Varios laboratorios alemanes, y herboristas norteamericanos, han comercializado
hace poco esta droga como «ansiolítico» y «euforizante sin resaca».
FÁRMACOS
RECIENTES
Por lo que respecta a productos de síntesis, es imposible pasar
revista al enorme número de sustancias con perfil psiquedélico que investigan
actualmente químicos de universidades y laboratorios underground. Hace ya décadas se difundió DMT
artificial, pronto clasificada como «trip del ejecutivo» por la brevedad de su
efecto, que permite sumirse en un formidable trance durante cinco o diez
minutos, y retornar al trabajo como si tal cosa. Fumada en pipas de cristal, poniendo una gota
en la punta de un cigarrillo, o inyectada, esta sustancia provoca visiones tan
fantásticas que es casi imposible mantener una relación verbal con otros, y
-desde luego- mantenerse de pie, o siquiera sentado en ángulo recto. Mi única experiencia con DMT no fue
decepcionante, aunque tampoco memorable.
El molesto gusto del fármaco (de olor muy parecido a la naftalina) dio
paso a cierto baile de luces, con tenues vapores que brotaban del suelo; cerrar
los ojos presentó animales fantásticos, amplificados hasta lo grotesco. Antes de poder decidir si se trataba de
insectos nuevos, mirados a través de un telescopio, el efecto remitió
bruscamente. No noté reacciones
secundarias de ningún tipo. Fueron 20
miligramos, absorbidos en una sola calada de pipa.
Una sustancia interesante es la ketamina
-2-(0)-clorofenil-2-metilaminociclohexano-, comercializada aquí como Ketotar
para empleos anestésicos. Al igual que
sucede con las benzo-diacepinas, la ketamina tiene dos bandas dispares de
acción, dependiendo de las cantidades; dosis altas (2 miligramos por kilo de
peso en vía intravenosa o 10 miligramos/kilo en vía intramuscular) producirán
anestesia por disociación durante un período breve, entre 5 y 25 minutos. Pero dosis bajas o muy bajas (0,2 a 1
miligramo respectivamente) inducirán experiencias visionarias de notable
intensidad, durante una o dos horas, que pueden oscilar de lo beatífico a lo
terrorífico y, según dicen, poseen una capacidad hasta ahora inigualada para
suscitar el concreto viaje de la pequeña muerte. De hecho, han aparecido ya algunos estudios
sobre el particular, de los cuales parece deducirse que la ketamina no sólo es
útil como vehículo de excursión psíquica profunda, sino para contribuir a que
sujetos con pocas perspectivas de larga vida, o abrumados en exceso por la
angustia anticipadora de su propia muerte, se preparen para aceptar sin
supersticiones el último trance.
Mi experiencia con ketamina es
bastante limitada. Tras varios ensayos
con dosis insuficientes -siempre por vía oral-, una noche (usando 15
miligramos) logré alcanzar umbrales significativos. El trance duró como una hora, quizá un poco
menos, y comenzó con la sensación de que el cuerpo había quedado de alguna
manera atrás; comprendí por qué una droga semejante era operativo en anestesia,
y pensé que bien podrían operarme entonces de apendicitis: me resultaba indiferente
el organismo, sin duda por la magnitud de las modificaciones sensoriales. Poco después estaba sumido en un mundo de
coordenadas no terráqueas; vientos de velocidad próxima al sonido, atmósferas
lo bastante frías para que los gases se licúen, horizontes de grandiosa extensión. De algún modo, el planeta había cambiado su
forma esférica por una plana y presentaba los confines al revés, hacia arriba,
como se adhieren los bordes del agua a algún recipiente. La fijeza de la visión, no menos que su
extraordinaria nitidez, provenían del juego entre vientos inconcebiblemente
fuertes y temperaturas inconcebiblemente frías; un humanoide se mantenía en
medio de aquellos parajes desérticos con largas guedejas negras desplazadas violentamente
por el huracán, pero al mismo tiempo paralizadas por la ausencia de calor,
semejantes a estalagtitas dispuestas en línea horizontal. Lo demás eran rocas, luces y fluidos; el
mundo vegetal resultaba cristalográfico cuando la mirada lo sometía a su
escrutinio.
Esta excursión por otras tierras me cogió volviendo del cuarto de
baño, donde había devuelto un sorbo de cerveza y un pequeño trozo de queso
recién ingeridos. Pero los esfuerzos por
caminar eran patéticos. Una masa algodonoso
apresaba los pies, forzando a moverse sobre arenas movedizas. No tenía a mano otro apoyo que una especie de
columna, y me así a ella. Fue entonces
cuando mi acompañante empezó a hacer preguntas (recuerdo en particular una:
«¿Qué es para ti sustancia?»), mientras la columna se convertía en un
chorro de fuego blanco, o un rayo, que se hundía hasta lo insondable y se
prolongaba hacia arriba sin límites también.
Creo haber dicho que substancia traducía «gratitud», con una voz gutural
que tardó eternidades en hacerse audible.
El fuego no quemaba, aunque brillara por su ausencia cualquier elemento
acogedor, y estar asido a él concedía algo semejante a un bastón, en el seno
mismo de la extrañeza.
Cuando recobré dimensiones más humanas, vi que mi acompañante sólo
había tomado parte de su dosis. Mientras
me retiraba a reposar se lo hice ver:
- Si bebes el resto, ata bien los machos.
Al salir de aquella habitación reparamos ambos en una luz
maravillosamente azul sobre cierta mesa.
Resultó ser un cirio, que tras quemarse había empezado a incendiar su
inmediato entorno, aunque nosotros vimos una señal centelleante, cargada de
misteriosas significaciones.
Luego supe que mi amigo bebió el resto de su dosis, y cayó dormido
casi al momento. Media hora después fue
despertado por la tremenda intensidad de sus sueños. Pero no se trataba de sueños. Una eternidad más tarde, cuando uno de mis
hijos se preparaba el desayuno, logró arrastrarse hasta él con una mezcla de
temor y alivio, no sabiendo bien con qué se topaba. Tras mirarle largamente, parece que dijo:
-¡Un humano! ¡Ah, he atravesado la experiencia absoluta!
El viaje ketamínico no indujo resaca, pero tampoco deseos de
repetir. Fue una temeridad celebrarlo
sin alguien sobrio, como pueden celebrar una excursión con LSD o mescalina
quienes estén ya acostumbrados a tales experiencias. Que no hubiera un incendio, ni nos
rompiéramos la crisma tratando de caminar, son favores atribuibles a la bondad
de los dioses. A mi juicio, es un
fármaco demasiado espeso, que reduce a mínimos la coordinación muscular y
proporciona una experiencia espiritual ambigua. Aunque las cosas se recuerdan, falta
capacidad para mantenerse en un estado «psiquedélico» propiamente dicho, donde
las visiones no interfieran con una aguda conciencia crítica. Yendo más al fondo, falta también la profunda
erotización de uno mismo y lo otro, que convierte los sentimientos de extrañeza
en una experiencia de amor oceánico, o -cuando no alcanzamos el amor- en una
experiencia de pasaje por el calvario de estar vivo sin su apoyo.
Creo, por tanto, que su empleo dependerá de que se mantenga o no
la actual prohibición, pues mientras la ketamina siga siendo legal y la LSD
¡legal algunos psicoterapeutas usarán lo primero sencillamente para no correr
riesgos extrínsecos. Supongo que en el
futuro -más bien remoto que próximo- haré algún otro autoensayo, con dosis
superiores y alguien sobrio a mi alrededor.
Para terminar con este fármaco, es interesante tener presente que
no sólo posee dos bandas distintas de acción, dependiendo de la cantidad
administrada, sino un efecto enteramente dispar cuando es objeto de
administración cotidiana. En este último
caso funciona más bien como una mezcla de alcohol y sedantes de farmacia. Hace años conocí a un adicto de ketarnina
que se la inyectaba varias veces al día; era un pobre diablo, acosado por
síntomas secundarios muy molestos, que jamás obtenía visiones de la droga.
Otro fármaco de notable capacidad visionaria es la TMA, primera
fenetilamina totalmente sintética, descubierta por Shulgin en 1961. 100
miligramos son una dosis leve, y 250 una dosis alta. Sus efectos se parecen a los de mescalina o
LSD. El principal inconveniente de la
TMA es que genera casi siempre náuseas al comienzo de la experiencia, por lo
cual algunos suelen ingerirla con dramamina o cualquier otra droga antimareo. Mi familiaridad con la TMA se limita a una
ocasión, empleando algo menos de 200 miligramos, y no constituye un buen punto
de referencia, porque ni a mi mujer ni a mí nos fue posible evitar el vómito;
hicimos ambos grandes esfuerzos para retrasarlo, pero antes de media hora
teníamos el estómago vacío. Supongo,
pues, que asimilamos como la mitad de esa dosis. Con todo, el fármaco es más noble o
propiamente psiquedélico que la ketamina; no produce incoordinación muscular,
preserva intacta la conciencia crítica y posee cuatro o cinco veces más
duración en el efecto. Nuestra
experiencia duró aproximadamente siete horas, con un clímax entre la segunda y
la tercera.
Atendiendo a potencia absoluta, ninguna droga visionaria iguala a
la DOM o STP, otra fenetilamina sintética descubierta por Shulgin en 1963, que
en términos químicos es 2,5-dimetoxi-4-metilanfetamina. Si bien la LSD posee bastante más actividad
(atendiendo a la cuantía de producto por kilo de peso), la DOM sume al usuario
en un trance no sólo tres o cuatro veces más duradero, sino considerablemente
más intenso también. Ninguna droga
descubierta hasta ahora invoca paraísos e infiernos comparables, y ninguna
asegura en medida pareja una extraordinaria experiencia espiritual.
«Espiritual» no debe tomarse aquí como mero adjetivo, porque con el espíritu
nos las habemos, desnudos de toda otra cosa, al internarnos en dosis medias o
altas de DOM.
Bastan 2 o 3 miligramos para inducir un viaje de diez horas, con
gran estimulación general y algunas modificaciones perceptivas, donde lo más
notable es la capacidad para concentrarse en cualquier cosa o idea. Dosis medias -entre 5 y 6 miligramos-
producen ya una fantástica explosión sensorial e introspectivo, que se
prolongará más de quince horas. Dosis
altas -entre 7 y 10 miligramos- provocarán infaliblemente una excursión
psíquica excepcional, durante 20 o 24 horas.
Es de la mayor importancia tener en cuenta que los efectos se hacen
esperar mucho -hasta dos y tres horas con dosis leves-, pues los acostumbrados
a otras drogas visionarias de alta potencia tenderán a creer que el producto
se ha desactivado o sólo está presente en cantidades ínfimas. Nadie debe dejarse llevar por ese pálpito
antes de que pasen al menos cuatro horas desde la primera administración.
También merece reseñarse que la DOM es la droga psiquedélica con
desarrollo de tolerancia más rápido.
Cinco voluntarios -ampliamente experimentados en otros fármacos visionarios-
recibieron 6 miligramos durante tres días seguidos, y la tercera administración
no produjo efecto alguno en dos sujetos mientras otro llegó a dormirse durante
la experiencia. Los restantes
mencionaron una acción «moderadamente fuerte», cuando el primer día coincidían
en considerar que se hallaban ante la droga más potente jamás probada.
El nombre, STP, con el que se introdujo en el mercado negro a
mediados de 1967, contiene las siglas de tres expresiones: Serenity, Tranquility, Peace; Super
Terrific Psychedelic y Stop the Police.
Su difusión incontrolado provocó episodios graves, ya que los
secantes donde apareció inicialmente contenían hasta 20 miligramos. Dada la lentitud inicial de su acción,
bastantes personas acostumbradas a consumir LSD llegaron a doblar y triplicar
cantidades tan descomunales. Las consecuencias
largas fases de terror, episodios paranoicos y otros trastomos psicóticos~ se
vieron agravadas por el hecho de que ningún centro hospitalario sabía cómo
tratar casos semejantes, y el empleo masivo de neurolépticos resultó a veces
contraproducente.
Las consideraciones previas no son ociosas, teniendo en cuenta que
hay DOM en el mercado negro, y algunos químicos clandestinos sintetizan hoy
esta sustancia con menos dificultades que la suave MDMA o análogos suyos. Las muestras que he visto recientemente son
papeles secantes con las letras STP y SP, pero no es descartable que aparezcan
partidas sin esa especificación. Cuando
no se trate de LSD, el usuario hará bien evitando tomar más de medio secante la
primera vez, sin administrarse el otro medio hasta pasadas cuatro horas. Las muestras que llegaron a mi poder
contenían ~a mi juicio- una dosis entre 5 y 8 miligramos, quizá más bien lo
segundo, pues su acción se prolongó durante casi veinte horas, con abrumadora
intensidad en algunos momentos.
Si tuviera que pronunciarme sobre el empleo de esta sustancia,
renovaría lo ya expuesto a propósito de otros psiquedélicos mayores, añadiendo
que aquí hacen falta a la vez más osadía y más cautela todavía. Con un cálido ser humano a nuestro lado
compartiendo viaje, es probable que la gloria desborde largamente el horror;
pero será preciso ir venciendo las muy diversas formas donde el horror decida
manifestarse. Si eso llegara a suceder,
la experiencia bien puede marcar un hito en la vida. Habrá otorgado un cambio de perspectiva, un
contacto profundo con los sentidos del mundo.
Quizá la droga visionaria con mayor futuro entre las de diseño sea
otro hallazgo de Alexander Shulgin, bautizado por él con las siglas 2C-B
(abreviatura de la 4-bromo-2,5dimetoxifenetilamina). Sintetizada por primera vez en 1973, sus
efectos han venido siendo estudiados desde entonces por un pequet 'ío grupo
experimental, cuya amabilidad me permitió acceder a algunas dosis en 1992. Al año siguiente obtuve unas pocas más,
aunque esos autoensayos -siempre compartidos son insuficientes para emitir un
juicio en verdad informado sobre la sustancia.
Con todo, ciertos extremos sí se encuentran bien establecidos ya, y
otros logré verificarlos por mí mismo.
Sencilla y barata de elaborar, la 2C-B comienza a ser activa hacia
los 5 miligramos, y alcanza su límite razonable poco después. Tan estrechos márgenes hacen que 12
miligramos sean una dosis leve, 20 miligramos una dosis media y 30 miligramos una
dosis alta. El viaje dura de 4 a 8 horas.
Basta doblar la dosis alta para caer en viajes excesivos hasta
para el psiconauta más avezado, semejantes a los peores de STP aunque mucho más
breves; la mayor sobredosis registrada por ahora -con 100 miligramos- sumió al
sujeto en un estado de terror que no llegó a la hora y media, para convertirse
luego en una experiencia descrita como «maravillosa». Por otra parte, la sobredosis de 2C-B no es,
según Shulgin, somática; las visiones y ánimos evocados por el fármaco a partir
de los 40 miligramos inclinan hacia formas más o menos agudas de miedo, pero
las constantes orgánicas siguen funcionando de modo satisfactorio.
Estas características configuran una droga algo anómala, que
otorga experiencias de tipo psiquedélico, pero presenta también cierto parentesco
con sustancias de las llamadas «entactógenas», como la MDMA y sus muchos
análogos, cuyo efecto es derribar obstáculos al contacto con otros. Aúna así el viaje espiritual en sentido
amplio -al estilo de la LSD o la STP- con una deshinibición de sentimientos más
prosaicos, ligados a la sensibilidad inmediata.
Abriendo a la vez puertas de la percepción y del corazón, promueve un
rendimiento genital raras veces alcanzado con ninguna droga del grupo
visionario, y menos aún con los llamados entactógenos.
Como sucede con la marihuana de alta potencia, podemos no darnos
cuenta de su capacidad para evocar lujuria, pero basta una situación favorable
para que los ánimos se orienten hacia allí con fluidez. Usando 2C-B el contacto resultará mucho más
intenso, y hasta cabe hablar de una específica propensión a obtenerlo. Según Shulgin, «si acabásemos descubriendo
alguna vez un afrodisíaco eficaz, probablemente tomará como pauta la estructura
2C-B».
Naturalmente, estas propiedades de la 4-bromo-2,5-dimetoxifenetilamina
son escandalosas. Algunos verán en este
fármaco el verdadero y más horrendo demonio, el Anticristo revelado sólo a
medias por euforizantes como la heroína o la cocaína; otros, menos alarmados
por el placer sexual, piensan que es una promesa de cura o alivio para sádicos
y masoquistas, cuyo rasgo común es anticipar una insensibilidad (en el otro o
en ellos mismos), y superarla con vejaciones o tormentos.
Tras veinte años sin un accidente fatal o siquiera desequilibrador
psíquicamente con esta droga, en Estados Unidos ha sido prohibida en 1993, y a
principios de 1994 ya había cápsulas en el mercado negro con los nombres
genéricos de nexus y afro, así como episodios de intoxicación
aguda. Todavía es legal en los demás
rincones del mundo, donde no existe aún mercado negro; pero los norteamericanos
suelen guiar al resto en este terreno.
No habrá apenas riesgo si el usuario se mantiene en márgenes de 12
a 24 miligramos, tomando en cuenta que dentro de esa franja bastan pequeñas
adiciones -de 3 a 4 miligramos para inducir notables cambios. Pero ¿qué posibilidades hay de mantener
mínima prudencia con una droga de mercado negro, adulterada y mitificada por
eso mismo? Como preveo casos de mal
viaje (si llegara a caer bajo un régimen de prohibición), me limito a recordar
al insensato -o al engañado por algún proveedor- que su consuelo es la
brevedad del trance: en una hora aproximadamente habrá vuelto, y es
recomendable que se cargue de entereza entre tanto. Al fin y al cabo, hay cierta justicia poética
en no salir indemne de tonterías, sobre todo cuando las dicta el deseo de ser
Venus o estar a solas con ella.
Queda por añadir que la 2C-B se potencia en combinación con MDMA y
sus análogos. Bastarán dosis muy leves
de uno y otro fármaco -digamos 7 y 40 miligramos respectivamente para inducir
notables experiencias, durante más de seis horas. Algunos afirman que una sinergia idónea se
logra tomando 2C-B cuando comienza a declinar el efecto de la MDMA, si bien en
mi caso funcionó muy satisfactoriamente la mezcla de ambas drogas desde el
comienzo. Alterné la más pura lujuria
con fugaces apariciones de Alien, el octavo pasajero, mientras mi
compañera fue visitada tan sólo por goces carnales. En contrapartida, mientras ella dormía pude
escribir algunas páginas, que están entre las más serenas de mi vida.
Incapaz de agotar un catálogo formado por más de mil fenetilaminas
y triptaminas psicoactivas ya diseñadas, mencionaré la salvinorina -alcaloide
de la Salvia divinorum, una planta bastante común en México- por ser una
de las drogas visionarias más recientes, aislada por primera vez en 1994, y
también la única de esta familia tan activa como la LSD, pues bastan algunas
gammas o millonésimas de gramo para quedar sumido en extrañas experiencias.
Jonathan Ott, uno de sus descubridores, se encuentra aún en fase
de autoensayos, hechos a base de aumentar 10 Millonésimas cada vez. Tuve el honor de acompañarle hace poco,
fumando algo invisible por mínimo en una pipeta de laboratorio, y a los dos
segundos fui raptado por un estado inefable, que se desvaneció como al
minuto. En esencia, resultó una
experiencia de encapsulamiento, de retirada a un mundo totalmente
insólito. La dosis -60 o 70 gammas- nos
dejó convencidos de rozar apenas los umbrales de su acción, y de que en
cantidades mayores su efecto bien podría dilatarse temporalmente. Sospecho también que podría entonces producir
pánico, dada la radical rareza de aquello donde uno cae.
Curioso resulta que la Salvia divinorum -salvia de los adivinos-
la usen ciertos chamanes mexicanos mascando sus hojas, y que algunos
occidentales hayan atravesado por ese medio enormes ebriedades. Más curioso todavía es que dichos chamanes
coincidan en considerar la planta como algo traído no hace mucho a sus tierras
«desde fuera», y para nada autóctono como el peyote o los hongos
psilocibios. Pero es de esperar que
tanto enigma se acabe despejando con algo más de estudio, etnobotánico y
farmacológico en sentido estricto.
EPÍLOGO
Comprensión es dominio
G. W. F. HEGEL
La cuerda que sirve al alpinista para escalar una cima sirve al
suicida Para ahorcarse, y al marino para que sus velas recojan el viento. Lo sacro y eterno sea loado. Seguiríamos en las cavernas si hubiésemos
temido conquistar el fuego, y entiendo que aquí, como en todos los demás campos
de la acción humana, hay desde el primer momento una alternativa ética: obrar
racionalmente -promoviendo aumentos en la alegría- y obrar irracionalmente,
promoviendo aumentos en la tristeza; una conducta irreflexivo acabará
haciéndonos tan insensibles a ¡o buscado como inermes ante aquello de lo que
huíamos. De ahí que sea vicio -mala
costumbre o costumbre que reduce nuestra capacidad de obrar- y no dolencia,
pues las dolencias pueden establecerse sin que se intervenga nuestra voluntad,
pero los vicios no: todo vicio jalona puntualmente una rendición suya.
Otra cosa es que presentar el uso de drogas como enfermedad y
delito haya acabado siendo el mayor negocio del siglo. Llevado a su última raíz, este negocio pende
de que las drogas no se distingan por sus propiedades y efectos concretos, sino
por pertenecer a cate<gorías excéntricas, como artículos vendidos en tiendas
de alimentación, medicinas y sustancias criminales. Una arbitrariedad tan enorme sólo puede
estimular desorientación y usos irreflexivos.
Tras lo arbitrario está la lógica económica de dos mercados
permanentes, uno blanco y otro negro.
Esta dicotomía aleja la perspectiva de que e¡ campo psicofarmacológico
se racionalice alguna vez, con pautas deprecio, calida dy dispensación que le
quiten a las drogas -a las drogas en general- su naturaleza depuras mercancías. Salvo raros casos, como los vinos y licores
realmente buenos, apenas hay productos de mercado blanco capaces de subsistir
bajo condiciones de clandestinidad; sin embargo, al incluir los más deseables
en el mercado negro se aseguran
superdividendo para sucedáneos autorizados, mientras se multiplica el margen de
beneficio para originales prohibidos.
Otra cosa no explotaría afondo las posibilidades del ramificado
negocio, que juega con una baraja en la mesa y otra en la manga.
En nuestra cultura sólo el alcohol, el café y el tabaco se han
refinado hasta niveles de artesanía, ofreciendo al usuario un amplio ,margen de
elección entre calidades y variantes.
Además de inducir continuas mutaciones genéticas, las bebidas construyen
y destruyen, desatan ternura y desatan ira, acercan y alejan a ¡os individuos
de lo que son y de sus seres amadosy odiados.
Más modesto en dones -sin un Dionisos-Baco,,generoso y cruel, como
patrono - el café despierta y apoya el esfuerzo de la vigilia, contrarresta el
embotamiento vinoso y sólo pasa la factura del insomnio, sumada a trastornos
cardíacos, gástricos y hepáticos. El
tabaco, quizá la más adictiva de las drogas descubiertas, sigue tentando a
quienes lo abandonaron lustros y décadas después, presto a devolver esa
imperceptible sedación estimulación ligada a una coreografía de gestos y
pequeñas servidumbres (encendedor, cenicero, paquete, una mano inútil por
ocupada) que llenan los instantes vacíos de cada momento vivido.
A lo que aclaré en las páginas iniciales de este libro sólo puedo
añadir que rochazar el Index farmacorum prohibitorum me ayudó en e¡
camino del autoconocimiento y el goce, a veces mucho, aunque no lo bastante
pronto como para rehuir algunos de los fármacos promovidos. Mi hábito son los cigarrillos; y si falta el
tabaco en lo antes examinado fue porque no me siento imparcial, sino
vicioso. Como las demás drogas me
resultan prescindibles, poseen un valor espiritual incomparablemente más acto.
Lícita o ilícita, toda sustancia capaz de modificar el ánimo
altera la rutina psíquica, y rutina psíquica se confunde a menudo con cordura;
vemos así que el abstemio acude puntualmente al psiquiatra para recibir camisas
de fuerzas químicas -los decentes neurolépticos-, y ¡a sobria dama a recibir
como ansiolíticos unos toscos simulacros del opio. Sin embargo, no conozco catadores de vino que
sean alcohólicos, ni gastrónomos que devoren hasta la indigestión . Lo común a
ambos es convertir en arte propio una simple costumbre de otros.
A pesar de sus promesas y sus realidades, la actual bioquímica no
puede por sí sola encontrar o recobrar la vida, como tampoco - o más bien mucho
menos- pueden lograrlo la dietética o la gimnasia. Pero esa evidencia no la omite el proyecto de
una ilustración farmacológica. La omite precisamente quien alimenta tinieblas,
y en su cinismo su<giere como «paraíso» (culpable o inocente) al una
ebriedad. Caras de una misma moneda
imaginaria, ni el paraíso ni el infierno hacen justicia a esa humilde pero real
aventura de sufrir y gozar los deseos, a medio camino siempre entre la
resignación y el cumplimiento.
La ilustración observa ciertos compuestos que -empleados razonablemente-
pueden otorgar momentos de paz, energía y excursión psíquica. Su meta es hacerlos cada vez más perfectos en
sentido farmacológico, y a quien ¡os usa cada vez más consciente de su
inalienable libertad. En otras palabras,
su meta es la más antigua aspiración del ser humano: ir profundizando en la
responsabilidad y el conocimiento.
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