EL MANUSCRITO
DE LOS 6 PODERES
ANÓNIMO
Traducido por Margarita Mosquera Zapata
Este libro fue pasado a formato Word para facilitar la difusión, y con el propósito de que así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más. HERNÁN
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Rosario – Argentina
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ÍNDICE
PRÓLOGO
PRIMER PODER
SEGUNDO PODER
TERCER PODER
CUARTO PODER
QUINTO PODER
SEXTO PODER
PRÓLOGO
Hacia 1646, nació, de una pareja
constituida por una marinero y una amante mujer, un joven que, hubo de padecer,
a temprana infancia, no sólo el caos de la orfandad, sino y a la vez, los
vejámenes de la fraudulencia, siempre humana.
Cien años más tarde, hacia 1746, y
antes de morir, deseó dejar por escrito aquello que, habiéndolo descubierto
durante su vida, pudiese servir a las generaciones venideras, como herencia.
Es pues, un testamento, un Acto,
legado de un padre, con lo que hemos de encontrarnos, en esta historia. Acto
con el que, un anciano, inscribe, para nosotros, el modo como él salió, el modo
como él pudo dar el paso hacia el lugar al que, humanamente hemos dado en
llamar, UN HOMBRE.
No fue fácil, pasó penurias, y
atajos hasta el “delirio”, antes de encontrar su verdad, la verdad de sí mismo,
y la verdad de todos. Verdad que, si bien cada quien puede encontrar, a su
modo, pocos son los que se animan a, saberla, analizarla, publicarla,
inscribirla. El valor del ACTO TESTAMENTARIO dice, de la inscripción de ese
paso antes nombrado, y de otro paso más de este HOMBRE, que lo lleva al lugar
de PADRE.
Un padre que piensa en los hijos,
siendo estos, no precisamente aquellos que ha engendrado, de los cuales es
además genitor, sino de aquellos que, por las generaciones, lo seguirán. Lo
seguirán, sí. Sin necesidad de escuelas, instituciones, quejas o castigos. Lo
seguirán, porque simplemente, transmite, lo humano a los humanos, y su modo, de
él, de salir del vejamen de la repetición en que se había instaurado como víctima
y sufriente, repetición ésta tan humana como, la verdad misma y los lugares a
los que da paso, su revelación.
Asistamos pues, sentados alrededor
del calor de fuego paterno, en una noche de otoño a la luz de la luna, a la
historia de un HOMBRE que además fue, PADRE. Noche de la que saldremos,
rejuvenecidos y... otros, nuevos, pues, recibiremos la herencia que, por
siglos, nos estaba predestinada.
El Manuscrito de los 6
poderes
De un autor desconocido
Mi experiencia de vida me ha
enseñado que existe un secreto para el éxito; éxito tanto en el plano material
como en el ámbito de bien-estar interior. El secreto está reservado a aquellos
que tienen la sabiduría de aceptarlo o, que lo poseen naturalmente.
Como el número de mis días sobre
esta tierra está contado, he decidido legar, a las generaciones que me
seguirán, el saber que poseo, sea cual sea su forma de expresión.
No me excusaré por mis maneras, mis
palabras o mi falta de talento literario, éste último ¡habla por sí mismo!. Mis
herramientas habituales eran mucho más pesadas que una pluma y, para acabar de
ajustar, el peso de los años se siente en mis manos y en mi cerebro; de modo
que, mientras pueda, les relataré los hechos, y lo que, a mi juicio es lo más
importante. ¿Por qué es importante? ¿Cómo alterar la balanza sin dañar el
fruto? ¿Cómo nutrirse de él?
Puedo encontrar las circunstancias
precisas en mi camino de vida. En un hombre de mi edad, los recuerdos de su
infancia son más frecuentes que los de sus percepciones más recientes. Lo
importante no es, pues, cómo voy a expresarme, sino la idea que expreso,
suponiendo que ella sea valiosa y les aporte una ayuda significativa.
Mucho tiempo le di vueltas en mi
cabeza a la cuestión de saber cómo entregarles esta receta del éxito que me ha
sido dada descubrir. Lo mejor será sin duda entregárselas tal y como ella me
fue revelada. Esto quiere decir, que está en relación con la historia de mi
vida. Es como una receta de cocina cuyos ingredientes, el modo de preparación y
la sazón del plato son fáciles de realizar.
Que así sea, y que los hombres
nacidos después de que yo me haya ido, puedan bendecirme por haberles legado
este secreto.
Año de 1742, testamento del
autor.
No se enceguezcan de entusiasmo
Mi padre era un buen marinero que,
muy tarde en su vida, se enroló en el oficio de cultivador. Se instaló en una
plantación en la Colonia de Virginia. Algunos años más tarde, nací yo, en 1642.
Hace ya 100 años de eso.
De hecho, mi padre hubiera hecho
mejor si hubiera seguido los consejos de mi madre –quedarse en un trabajo para
el que su formación lo había preparado-, pero él prefería cambiar el buen navío
que poseía y del que era el capitán por la plantación de la que les hablé. Es
lo que me trae el...
PRIMER PODER:
Debe uno dejar de enceguecerse por los
argumentos de una ocasión que se presenta, y acordarse, en la ocasión, que un
millón de magnificas promesas pesan nada, en relación con la posesión de una
sola pieza de dinero.
Cuando tenía 10 años, el alma de mi
madre toma su vuelo, y 2 años más tarde mi bien amado padre; la sigue. Como yo
era su único hijo, quedé solo. Los amigos de mis padres me dieron cuidados,
algún tiempo. De hecho, me ofrecieron un lugar bajo su techo: un beneficio que
yo aproveché durante 5 meses. De los bienes de mis padres, nada quedó: -pero...
con la experiencia de los años, comprendí mas tarde, que esos, sus amigos, que
me acogieron algún tiempo, los habían defraudado- y que por consecuencia, me
habían hecho daño.
De, desde la edad de 12 años y
hasta los 23 años, no les hablaré de mi vida, no serviría de nada a mi
propósito. Pero poco tiempo después, teniendo en mi posesión, 16 guineas, que
había economizado del fruto de mi trabajo, tomé un barco para Boston, en el que
trabajé, a bordo, como carpintero, luego, como carpintero marino.
No obstante haber trabajado siempre
en los navíos en el malecón, el mar no me era saludable.
La suerte no puede ser retenida más que por la fuerza
La suerte sonríe alguna vez incluso
a los que se destinan a ser víctimas del carácter perverso [1] . En todo caso fue así para mí.
Conocí la prosperidad, y con sólo 27 años era ya el propietario de la empresa
para la cual yo trabajaba anteriormente. La suerte es una amante que debe ser
conquistada. Ella no se entrega a los indecisos. Es lo que debía asimilar como
el...
SEGUNDO PODER:
La suerte es caprichosa, y no puede ser
retenida sino por la fuerza. Trátala con dejadez, y ella te excluirá para
preferir a otro más fuerte que tú (al menos conmigo, ella se comporta así, como
muchas mujeres que conocí).
En ese momento, “Desastre” (que
es uno de los heraldos de los espíritus indecisos y de las promesas no
cumplidas) me vino a visitar. El fuego quemó todo mi taller, no dejando otra
cosa que deudas y, no tenía yo la menor pieza para liberarme de ellas.
Ensayaba yo: negociar con mis
acreedores, pedir ayuda a mis amistades, tratar de volver a partir de cero,
pero nada logré. El fuego había, parece ser, no sólo consumido mis bienes, sino
también la simpatía que por mí se tenía. Así, en poco tiempo, no solamente
había perdido todo, sino que tenía también deudas con mis proveedores, y ellos
me hicieron poner, por tal razón, en prisión.
El infortunio no existe sino en la tumba
Hubiera sin duda podido salir
adelante, pero esta última indignidad; la prisión, me desmorona y me entrega al
resentimiento. Al cabo de un año me dejan en libertad, pero ya no era yo, el
mismo hombre optimista, feliz, contento de su suerte, confiado en las gentes y
del mundo entero; que había sido.
La vida tiene muchos caminos, y de
lejos se ve que, la mayoría de entre ellos llevan hacia abajo. Cualquiera que
sea su inclinación, ellos llevan al mismo lugar: el infortunio. Lo que me lleva
al...
TERCER PODER:
El infortunio no existe
sino en la tumba. El hombre cuando está vivo no es infortunado.
Puede siempre hacer marcha
atrás y retomar la cuesta. Y hay siempre una inclinación más fácil para
ascender (aunque algunas veces más larga) y más adaptada a la situación.
Tus compañeros te influencian sin que tú lo sepas
Como yo era un buen carpintero,
encontré rápidamente empleo y con un buen salario, pero como había degustado
los frutos de la opulencia, la insatisfacción se apoderó de mí. Me volví
deprimido y amargado. Para consolarme, y olvidar todo lo que había perdido,
pasaba mis tardes en la taberna. No es que bebiese mucho alcohol, salvo en cada
ocasión, (ocasiones que se presentaban seguido) y lo suficiente para tornarme
alegre, ¡qué yo pudiese reír!, ¡Charlar y cantar con mis compañeros de
infortunio! : y esto me lleva al...
CUARTO PODER:
Busca mejor la compañía de
los industriosos, pues los otros debilitarán tus energías.
Con el más mínimo pretexto, me era
placentero contar, la triste historia de todos los desastres que se habían
abatido sobre mí, y decir las pestes que pendían de aquellos que me habían
abandonado en lugar de socorrerme.
Peor aún, encontraba un placer
pueril en robar a mi empleador, cada día, algunos momentos de mi tiempo de
trabajo. Siendo esto, en mi opinión, mucho más deshonesto que un simple robo.
Esta costumbre se acrecentó tanto
que llegó el día en que me desperté sin trabajo y sin ganas de trabajar... lo
que significó que me fue, en lo sucesivo, imposible encontrar trabajo, después
del empleador de Boston.
En efecto, puedes estar enfermo de tu imaginación
Era en ese entonces cuando yo me
consideraba un fracaso ambulante. Era como si fuera un caminante que, descendía
una cuesta, montaña abajo, tropezando. Más que tropezar, el caminante rodaba y
tomaba velocidad.
También entendí este estado,
descrito con el nombre de Ismaelita, quien es, parece ser, alguien que quería
al mundo entero, y quien creía que todo el mundo lo quería a él. He aquí
entonces el...
QUINTO PODER:
Un Ismaelita y un leproso
sufren del mismo mal a los ojos de los otros, pues ambos son
abominaciones en opinión
de la mayor parte de los mortales –aunque hay grandes
diferencia entre los dos:
el primero puede reencontrar una salud perfecta. El primero se
torna enfermo como efecto
de su imaginación; el segundo tiene el veneno en su sangre.
No voy a detenerme en la lenta
degeneración de mis energías. Nunca es bueno detenerse en sus infortunios
(Aunque sea bueno acordarse para dejar la lección). Me bastará decir que llegó
el día en que no tenía un céntimo con que comprar ni un plato de comida, ni mi alojamiento,
ni con qué vestirme.
Estaba pobre, me procuraba de
tiempo en tiempo algunos peniques o incluso chelines, pero rostro, cuerpo y
espíritu, demacrados y reducidos al estado de esqueleto.
Mi estado era tan deplorable –no
solamente por mi cuerpo- que, no era que pareciera, sino que era, era un
enfermo al borde de la muerte, pero; más por mi espíritu que por otra cosa. Me
imaginaba victima de ostracismo [2] por el mundo entero hasta que,
visiblemente, había caído bien abajo. He aquí la
SEXTA Y ÚLTIMA LECCIÓN a aprender
(lección que no puede ser expresada en una frase, ni siquiera en un párrafo,
pero que debe ser adoptada a partir del fin de esta historia):
Estamos habitados por dos entidades
Recuerdo bien, las circunstancias
en las cuales estaba.
Me despertaba a media noche.
El techo estaba hecho con un tonel.
La noche era fría, y estaba congelado aunque, paradójicamente, hubiese soñado
con lumbre y calor, y con la dilucidación [4] de buenas cosas.
Pueden decir, cuando les relate el
efecto que mi visión tuvo sobre mí, que yo deliraba.
Si fue así, espero que muchos de
mis lectores hayan de delirar también, de la misma manera que yo, y es esta la
razón por la que me lancé a la escritura de mi historia.
Es el sueño que me dejó en la
creencia... –de hecho, no en el conocimiento- de que yo estaba poseído por dos
identidades: y era la mejor de mis dos entidades la que me ofrece la ayuda que
yo había buscado, en vano, cerca de mis amistades. Escuché describir este
estado, como de un “desdoblamiento”. Pero..., un doble no es más que la
copia del original, y ello, no describe la situación que viví. Voy a dejar de
filosofar... Para mí la filosofía es vana si no desemboca en resultados
concretos.
Para acabar de ajustar [5] , no es el sueño mismo el que tuvo
efecto en mí. Es la impresión que me dejó, y la influencia que ejerció sobre
mí, lo que me liberó de mis grilletes. En otros términos, yo estimulaba mi otra
identidad. Después de haber afrontado una tormenta de viento y nieve, vi a
través de una ventana mi otra identidad. Él tenía buena apariencia y respiraba
salud. Ante él, brillaban las fogatas.
Emanaba de él, el poder y la
fuerza. Él era musculoso tanto física como mentalmente.
Yo llamé tímidamente a la puerta, y
él me dijo: Entra. Pude leer una especie de sonrisa, como de burla, en sus
ojos, mientras me alcanzaba una silla para sentarme ante el fuego. Pero no
pronunció ni una palabra de bienvenida y, luego de haberme calentado volví
atormentado a mi refugio, martirizado por la vergüenza que el contraste entre
nosotros, había despertado.
Había una presencia conmigo, invisible para los demás
Es entonces, cuando me desperté; y
he aquí la parte sorprendente de mi relato: Al despertarme, no estaba solo.
Había una Presencia conmigo; invisible para los otros, como me daba cuenta, por
lo que sigue, pero que era real para mí.
La Presencia se me parecía, pero
así mismo tenía resplandecientes diferencias.
Su frente, más alta que la mía, le
hacía parecer, así mismo, inflexible y pleno. Los ojos, claros, directos,
determinados, brillaban de entusiasmo y de resolución. Los labios, el mentón,
de hecho todo el rostro, eran dueños de sí y decididos.
La Presencia era calma, resuelta, y
segura de sí. Yo me encorvaba, lleno de temblor, nervioso, angustiado, inquieto
con la más mínima sombra. Cuando la Presencia dio media vuelta, la seguí, y no
la perdí de vista toda una jornada, salvo en los cortos instantes en que yo no
osaba franquear la puerta por donde la Presencia atravesaba. En esos casos yo
esperaba con impaciencia y un respeto mezclado con temor, que él volviera a
salir, no pudiendo impedirme admirar su temeridad, (¡se me parecía totalmente!,
Pero y a la vez, ¡era tan diferente!) Pues atravesaba sin dificultad los
lugares por los que mis propios pasos no osaban llevarme.
Pareciera que fuera designado a ir
por los lugares y ante las gentes que me habían hecho lo peor: oficinas con las
cuales otrora había hecho transacciones, hombres de negocios con los cuales
había pactado.
A lo largo de toda una jornada yo
había seguido a la Presencia, y en la noche, lo vi desaparecer tras la puerta
de una hostelería famosa por sus caros costos y su confort.
Retornaba yo a mi tonel y a mis
tablas.
Esa noche no encontré a mi Mejor Yo
(así es como yo lo nombraba) en mis sueños, pero al despertarme, por suerte él
estaba a mi lado, con su sonrisa calma, de gentil burla en los labios, sonrisa
que no era ni de piedad ni de condescendencia. Esa sonrisa me golpea de nuevo.
El día siguiente no fue distinto
que el primero, una repetición del precedente, y debía yo, aún, esperar afuera,
mientras que la Presencia estaba en los lugares donde yo hubiera estado si
hubiera tenido el coraje de ir allí. Es el miedo lo que separa de su cuerpo al
alma de un hombre y lo torna despreciable. Numerosas veces, traté de deshacerme
de todo eso, hablando, pero las palabras quedaban bloqueadas en mi garganta,
ininteligibles: y el día terminaba como el anterior.
Me armo de coraje para
hablarle a la Presencia
Así fue durante muchos días, uno
detrás del otro, hasta que cesé de contarlos. Poco a poco me di cuenta de que
esta asociación constante con la Presencia tenía en mí efectos. Una noche que
me desvelaba la Presencia a mi lado, tuve el coraje de hablarle, claro que, con
timidez...
“¿Quién eres tú?” Le pregunté, y yo
sobresaltado, me levantaba, ante el sonido de mi propia voz. La cosa parecía
dar placer a mi compañero que, me respondía con, me parecía a mí, me nos burla
que antes.
“Yo soy quien yo soy” fue
la respuesta. “Yo soy aquel que tú has sido; yo soy aquel que tú puedes ser
aún; ¿de dónde viene tu duda? Yo soy aquel que tú has sido, y que abandonaste
prefiriendo otra compañía. Soy el hombre hecho a la imagen de Dios, que,
antaño, poseía tu cuerpo. Era el tiempo en que habitábamos juntos, no en
armonía, pues no es posible, ni unificados, pues esto es imposible, pero como
los copropietarios que raramente se pelean por tenerlo todo para ellos.
Luego te convertiste en un
achacoso, egoísta y exigente, como no podías tenerme más, me separé de ti. Hay
una entidad “positiva” y una entidad “negativa” en cada ser humano nacido sobre
la tierra. Aquella que es favorecida por la encarnación, domina: la otro
termina por abandonar, temporalmente o, hasta siempre. Yo poseo todo lo que
quiero.
Nada es tuyo. Este cuerpo
que habitamos los dos es mío, pero es impuro y por lo tanto no puedo habitarlo.
Límpialo, y tomaré de nuevo posesión”.
“¿Por qué me persigues?” Pregunté
enseguida a la Presencia.
“Eres tú quien me
persigue, y no a la inversa. Tú puedes existir sin mí durante algún tiempo,
pero tu camino tornara sobre sus pasos, y su fin es la muerte.
Ahora que te aproximas a
la muerte, te preguntas si había tiempo d e limpiar tu cuerpo de nuevo y de
invitarme. Descarta la voluntad e inteligencia de ese cuerpo, y podré tomar
posesión. Es la condición indispensable”
“Todo es posible a la entidad positiva de un hombre”
“Mi cerebro ha perdido todo poder”
murmuré yo. “Mi voluntad está débil. ¿Puedes tú reparar todo eso?”
“¡Escucha!” Dijo la Presencia, y se estiraba mientras yo me encorvaba a sus
pies.
“TODO es posible a la
entidad positiva de un hombre. El mundo le pertenece. Es su propiedad. Ella no
tiene miedo de nada, no fuerza nada, no se detiene ante nada. Ella no demanda
privilegio alguno, pero los obtiene. No domina y no sabe retroceder. Sus
demandas son órdenes; la oposición, funde a quien le dirige la palabra; ella
levanta montañas, cubre los valles, y viaja al lugar donde el infortunio no
existe.”
Enseguida me dormí de nuevo, y,
cuando me desperté, estaba en un mundo diferente.
El sol brillaba y yo, escuchaba los
pájaros cantar por encima de mi cabeza. Mi cuerpo, ayer aún tembloroso e
incierto, estaba vigoroso y lleno de energía. Yo miraba mi lecho de tablas y mi
tonel con una divertida perplejidad, como si los viera por primera vez,
reconociendo el abrigo que ellos me habían deparado en las noches, no obstante.
El ayer pasó, el hoy es mío
Los acontecimientos de la noche revivieron
mi espíritu, y buscaba la Presencia. No estaba más visible, pero descubrí,
agazapado en una esquina de mi refugio, achacosa, deformada, desfigurada
incluso, esfumada y desecha, mi entidad negativa. Supe que mi entidad positiva
había tomado de nuevo posesión de mi cuerpo y consideraba al otro con burla y
desprecio.
Pero no tenía tiempo para detenerme
sobre su suerte. Tenía que hacer – mucho que hacer-. ¡Raro que no haya pensado
en el día anterior!. Pero el ayer era el pasado, el hoy era mío, y apenas
comenzada.
Como era mi costumbre,
anteriormente, yo dirigía mis pasos hacia la taberna. Saludé a todo el que
entraba, sonreía a los saludos que retornaban.
Los hombres que me habían ignorado
durante meses me saludaron con afecto al pasar. Me dirigí hacia el baño, luego,
hacia la mesa del desayuno; enseguida, cuando pasé ante el mostrador, dije al
propietario:
“Quiero ocupar la misma
pieza que tenía antes si, por suerte, está disponible. En caso contrario, no
importa qué otra ocupe, mientras desocupan mi pieza”.
Me puse a trabajar sin formular pregunta alguna
Luego, salí y me fui hacia arriba,
hacia el lugar que me correspondía en el taller. En la construcción había un
gran remolque que los hombres cargaban con toneles para botar. No formulé
pregunta alguna, pasaba toneles a los hombres que los apilaban.
Cuando se terminó, esta tarea,
entré en el taller. Había un banco libre. Me di cuenta de las cosas allí
apiladas. Era el mismo banco en el que otra vez había yo, trabajado.
Arremangué mi camisa y quité los
objetos que obstaculizaban para el trabajo. Un momento más tarde estaba
cepillando y tallando.
Había terminado, hacía ya más de
una hora, cuando el contramaestre entró en la pieza, y se detuvo, sorprendido
de verme ahí. Había ya un bella pila de pedazos de madera perfectamente
cepillados y ajustados, pues en ese tiempo yo era un excelente carpintero: de
hecho, no había otro mejor, pero, ¡OH! la edad me ha quitado ese privilegio.
Respondí a su muda pregunta con esta corta pero explícita frase:
“Estoy de retorno al
trabajo, Señor”
Él menea la cabeza y pasa a los
otros bancos, examinando el trabajo de mis colegas, sin prestarme atención.
Cualquiera sea el bien que desees, es vuestro
He aquí el SEXTO Y ÚLTIMO PODER A
APRENDER , a pesar de todo lo que haya para decir: a partir de ese momento fui
un hombre que todo lograba, que pronto fue nuevamente propietario de un taller,
y luego, de todos los bienes que un hombre desea poseer.
Ruego porque ustedes, que leen este
relato, sigan estas reglas y todo lo que ellas implican, pues de ellas depende
todo logro y todo lo que los logros impliquen:
Cualquiera que sea el bien que
desees, es tuyo. No tienes sino que tender la mano y tomarlo.
Enseña que la conciencia del
poder infinito que está en ti, toma posesión de todo lo que esté a tu alcance.
No tengas miedo alguno, en
ninguna forma que se dé, pues el miedo es una característica de la
entidad-negativa.
Si tienes un talento, un oficio,
ejecútalo; el mundo debe sacarle provecho y también tú.
Haz de tu entidad-positiva un
compañero de tus días y tus noches. Si tienes en cuenta sus opiniones, no te
engañarás.
Recuerda, la filosofía es un
conjunto de argumentos; el mundo, que es tuyo, es una acumulación de hechos.
No pidas a nadie permiso de obrar
Ve entonces, y haz lo que hay en
ti: no tengas cuidado de los actos que te tornan diferente:
No pidas, a nadie, permiso
para obrar.
La entidad negativa recauda
favores: la entidad positiva los concede.
La suerte espera cada uno de tus
pasos: tómala, pliégate a sus deseos, guárdala, pues ella es tuya, ella te fue
destinada.
Comienza desde ahora, con estos
preceptos presentes en vuestra memoria.
Extiende la mano y toma lo mejor,
lo que quizá nunca has utilizado, salvo en raras ocasiones, y de urgencia. La
vida es una situación de urgencia permanente.
Ella no espera sino una señal tuya
Tu entidad positiva está a tu lado
desde ahora; vacía tu mente, límpiala de pensamientos negativos, y despierta tu
ingenio. Ella tomará posesión de ti. Ella no espera sino un signo tuyo.
Ponte en marcha esta noche; sal
desde ahora a tu nuevo camino.
Mantén siempre cuidado. Que sea tu
entidad positiva la que te controla, la otra entidad va sin rumbo alrededor de
ti: pon atención de no dejarla entrar más en ti, si lo hiciese no sería más que
por un momento.
Mi tarea está cumplida. Escribí la
receta del “éxito”. Bien seguida, no puede fallar.
Incluso si no comprendes
perfectamente mi propósito, tu entidad positiva compensara la falta y te dará
la respuesta. Es suficiente con leer y releer esta historia.
Confío a mi entidad positiva el
cuidado de transmitir, a las generaciones que me seguirán, el secreto de lo
positivo, lo que puede transformar todo: –el secreto para utilizar el potencial
ilimitado que está en ti, desde ahora y por siempre.
FIN
* *
*
Este libro fue digitalizado para distribución libre y
gratuita a través de la red
utilizando el software (O.C.R.) “OmniPage Pro Versión 11”
y un scanner “Acer S2W”
Digitalización, Revisión y Edición
Electrónica de Hernán.
Rosario - Argentina
26 de Febrero 2002 – 21:23
[1] (NA) Este apartado está hecho para los más profundos. Escucha
bien: “En silencio me preguntaba, ¿Cómo salir de tal repetición?, De esa
repetición del ser victima del carácter perverso, misma del momento en que, al
mis padres partir, quedase yo, solo, a manos de los “amigos”. Se los diré.
[2]
(NT) Entre los antiguos griegos, destierro político.
Exclusión voluntaria o forzosa de los oficios públicos a la cual suelen dar
ocasión los trastornos políticos. (VOX diccionario manual ilustrado de la
lengua española, Barcelona 1954, 1981ed. Página 804).
[3]
(NA) las tablas, quizá el modo de no olvidar mis posibilidades, pero ¡A qué
precio!.
[4]
(NT) dilucidar: explicar, aclarar. Vox, op cit. pg. 419. Elucidación, esclarecimiento, sería el término, pero quiero dejar
el texto tal cual, pues tiene términos del francés antiguo, hecho que dice de
la antigüedad del mismo.
[5] (NT)
De surcroît. El término no existe en los diccionarios actuales, pero “croître:
Agravarse y sur: Sobre”, da la idea de “para acabar de ajustar”, como decimos
en español, cuando las cosas están en sobreabundancia de perplejidades.
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